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Saint Seiya - Saga: CATACLISMO 2012
Imagen del fan fic
Nombre Saint Seiya: Los Caballeros del Zodiaco: Saga CATACLISMO 2012.
Autor Kazeshini, a.k.a.: Kaze No Seinto
Estado En progreso
Basado en Saint Seiya: Los Caballeros del Zodiaco
Número de capítulos Indeterminados
Descargar/Leer [ Aquí]

El destino final de la humanidad ha sido definido. Diez deidades mitológicas conformaron la ‘Alianza Suprema’ para reemplazar a la actual raza dominante del planeta y crear la Tierra Perfecta en el proceso. El último desafío de Atenea y sus Caballeros será detener a los representantes de las mitologías egipcia, japonesa, hindú, azteca, nórdica, china, celta, inca, finlandesa y romana.

Una generación nueva de guerreros ha nacido en el Santuario. ¡Los Santos de Atenea son nuestra última esperanza para sobrevivir al fin del mundo! 

DISCLAIMEREditar

Ni la serie de anime y manga ‘Saint Seiya’ ni sus personajes me pertenecen a mí. Ellos son propiedad de su respectivo autor: El maestro Masami Kurumada y de la compañía Toei Animation. 

Historia empezada el 10 de abril de 2012, desde las 11:26 de la mañana.

Primera Edición: 24 de agosto de 2012, desde las 10:01 de la noche.

Segunda Edición: 03 de enero de 2013, desde las 11:47 de la mañana. 

INTRODUCCIÓN

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La Nueva Generación de Santos de Oro en 2012. Fanart de juni anker

Atenea y sus Caballeros restauraron una vez más la paz en el planeta tras varios años de cruentas batallas. El avatar de Zeus, el todopoderoso dios de los dioses olímpicos, fue detenido en su intento por castigar a los humanos.

La paz reinó en la Tierra y el Santuario por varios años, durante los cuales Saori Kido, en lugar de elegir un nuevo Patriarca, se proclamó administradora de su propio recinto sagrado y tomó varias decisiones trascendentes.

Las Doce Casas fueron habitadas nuevamente por una naciente generación de Caballeros Dorados y el nuevo Santuario contaba, además, con una joven y renovada armada de Santos de Plata y de Bronce.

VOLUMEN I

CAPÍTULO 1: ESPERANZA: LA NUEVA GENERACIÓN DE BRONCEEditar

Senshi de Dragón.jpg

Senshi. Santo de Bronce de Dragón en 2012.

==Santuario de Atenea. Casa de Libra==

—Levántate Senshi. Yo sé que puedes hacerlo mejor esta vez —exhortó Shiryû con una voz paciente y comprensiva a su aprendiz.

A sus pies y esforzándose por levantarse, estaba el nuevo Caballero de Bronce de Dragón. El joven se encontraba bastante maltrecho por lo exigente del entrenamiento.

Al verlo en tal condición, el Dorado de Libra suavizó su actitud y le extendió su mano para ayudarlo a reincorporarse, sin embargo, el Santo de Bronce la rechazó y con gran determinación se puso de pies por sus propios medios.

—Lo siento maestro. No fallaré esta vez —aseguró el joven de cabellera negra hasta los hombros, poniéndose en guardia y encendiendo su cosmos a su máximo posible.

Viendo tal demostración de convicción, el mentor le regaló una sonrisa de satisfacción al alumno.

—¡Perfecto! Ahora recuerda que para liberar el poder máximo de tu constelación, no debes bajar la guardia de tu puño izquierdo… Protege tu corazón.

Escuchando estos consejos, Senshi puso todo su empeño y concentración en liberar la técnica que tanto esfuerzo le costó aprender.

—¡‘Dragón Naciente del Monte Rozán’! —exclamó, liberando una cantidad enorme de energía con el ken.

No obstante, en milésimas de segundo Shiryû esquivó el furioso embate y observando la defensa baja del muchacho, se acercó a él y posó la mano sobre su pecho sin que siquiera lo notara.

—Debes concentrarte más, Senshi. El enemigo no solo te tocará el corazón. No dejes puntos débiles en tu técnica.

El joven permaneció inmóvil al estar tan cerca de la imponente presencia del legendario Shiryû. La armadura dorada de Libra resplandeció ante sus ojos, cegándolo por un momento.

—Lo haré mejor la próxima vez, maestro —susurró el joven de Bronce, retirando la mirada. En sus ojos azulados era evidente la decepción.

—Vamos, quita esa cara. Con más entrenamiento serás el mejor —lo animó su instructor, mirándolo con ternura—. Y no seas tan formal conmigo. Puedes decirme ‘papá’ si quieres.

El rostro del Caballero de Bronce se iluminó con una radiante sonrisa. No pudo contener el impulso de dar un fuerte abrazo a su padre y mentor.

—¡Algún día seré tan fuerte como mi papá y el abuelo Dohko! —expresó el joven con exorbitante júbilo—. ¡No descansaré hasta convertirme en una leyenda como tú!

—¡Tienes buena actitud, Senshi! Sin duda eres todo un Santo de Atenea —lo felicitó Libra, acariciando suavemente su cabellera negra—. Cuando tu madre te vea con esa armadura se va a emocionar mucho.

El sonido de varios pasos metálicos sobre el mármol interrumpió la conversación entre padre e hijo. Un Caballero Dorado presencia en el Séptimo Templo.

—¡Shun! Qué agradable sorpresa.

Virgo no respondió a la bienvenida de su amigo y compañero de generación. Su semblante era diferente al habitual, ya que en ese momento mostraba preocupación y premura. Ni siquiera se tomó el tiempo para saludar al sucesor y al antecesor del Dragón.

—Perdón por interrumpirlos, pero Atenea ha convocado a una Reunión Dorada.

El rostro de Shiryû se ensombreció de repente. Él sabía que si Saori reunía a todos los Caballeros Dorados en los aposentos del Patriarca, no sería para darles buenas noticias.

—Senshi, por favor regresa a entrenar con tus compañeros —le ordenó con seriedad a su hijo—.  Te veré en la noche.

Sin decir nada más, Libra apresuró el paso junto a Shun dispuesto a reunirse con su diosa.

Ante la mirada perpleja del Dragón, los Caballeros de Aries, Tauro, Géminis, Cáncer y Leo atravesaron presurosos el templo. Era la primera vez que Senshi veía a tantos Santos Dorados juntos.

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Anna. Amazona de Bronce de Andrómeda en 2012.

==Santuario de Atenea. Campos de Entrenamiento==

En actitud relajada, una bella joven de larga cabellera castaña se encontraba recostada sobre una porción de pasto del terreno. En medio de su aburrimiento posó su mirada verde en el lento pasar de las nubes. Un sonoro bostezo escapó de su boca, ya que lo tranquilo del ambiente le había causado un poco de somnolencia.

—Qué aburrido es todo esto… —masculló la chica, jugueteando con la máscara metálica, la cual se suponía debía estar cubriendo sus facciones—. ¿Por qué el maestro dejó mi entrenamiento y se fue así tan de repente? ­

—¡Anna! ¡Esta es la décima vez en esta semana que dejas que vean tu rostro! —le reprendió un joven rubio de vivaces ojos castaños—. ¡Tu maestro Shun te va a regañar si no te ve con ella!

Quien le hablaba era su amigo y compañero, el Santo de Bronce de Pegaso.

La aludida simplemente se tomó tales palabras a modo de broma, como casi siempre solía hacerlo.

—Eres un pesado, Kenji. No creas que me voy a enamorar de ti solo porque me has visto tantas veces sin máscara —profirió Anna de Andrómeda, sonriéndole de forma coqueta al sorprendido muchacho, cuyo rostro se ruborizó de inmediato.

—No digas tonterías, Anna. Tú conoces bien las reglas del Santuario y ya te has metido en bastantes problemas por desobedecerlas —respondió el joven con un aire severo, al cual la muchacha reaccionó.

—Está bien, no te pongas así, Kenji. Ustedes los japoneses sí que se lo toman todo muy en serio.

Andrómeda dejó la comodidad de su lecho de césped para colocarse nuevamente su máscara.

—¿Contento?

—No vine aquí para reclamarte por tu máscara. Solo quería preguntarte si has visto por aquí a mi maestra Marin. Se fue hace varios días y me dijo que regresaría hoy.

—No eres el primero que me pregunta por su maestro. Parece ser que nos dejaron solos a todos nosotros. Imagínate, incluso esa chica nórdica que casi nunca habla, vino a preguntarme por su maestro.

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Kenji. Caballero de Bronce de Pegaso en 2012

—¡Qué mala compañera eres! —resaltó indignado el nuevo Pegaso—. ¿Acaso no sabías que su nombre es Natassia de Cisne?

Anna se avergonzó al desconocer la identidad de su colega de Bronce. Así que dándole las espaldas a su interlocutor, decidió que sería mejor cambiar el tema:

—Pues tampoco he visto a Senshi. En la mañana vistió su armadura de Dragón y se fue a entrenar con su padre en la Casa de Libra. Ni siquiera se despidió de nosotros… Ese idiota…

—No me trates tan mal, Anna —intervino el aludido en un tono divertido y a la vez incómodo.

Senshi había llegado a escena para colocarse junto a su amigo Kenji desde que la joven de Andrómeda se giró. Por suerte para ella, la careta metálica cubrió su rostro sonrojado por la vergüenza.

—Ahora todos los Caballeros de Oro deben estar presentes en la Reunión Dorada convocada por Atenea —añadió pensativo el joven de melena negra—. Mi padre y sus compañeros se veían bastante preocupados.

Las palabras del Dragón consiguieron alterar sobremanera a Pegaso Kenji, quien con gran expectativa tomó a su amigo por las hombreras.

—¡¿Qué has dicho?! ¡¿Una Reunión Dorada?!

—Pues sí, amigo —musitó Senshi un tanto intimidado por la intempestiva  reacción de su compañero de generación—, pero no te preocupes, estoy seguro de que nos darán los pormenores de la convocatoria en la noche.

El joven rubio casi no le prestó atención a esas últimas palabras. Su mente estaba concentrada en los miles de pensamientos que cruzaban por su mente.

—«¡Creo que esta es la oportunidad que tanto he estado esperando! —reflexionó con emoción el rubio—. ¡No la decepcionaré, señorita Saori!

Desde que tuvo memoria, el joven Kenji de Pegaso siempre fue leal a Atenea, pero más allá de su fervor hacia la diosa, estaba su devoción hacia la mujer llamada Saori.  Kenji tenía un solo objetivo en la vida: Superar a su antecesor, el legendario Seiya de Sagitario. Las crónicas del Santuario narraban de manera épica, las mortales batallas en las que su héroe había salido victorioso para proteger a Saori. Por tal razón, su sucesor de bronce no podía quedarse atrás. Tener la protección de la constelación de Pegaso significaba una gran responsabilidad. Debía que hacer lo posible por estar más cerca de Saori y ser su protector predilecto, tal y como Seiya lo era en ese momento.

Ya que la paz reinaba en la Tierra, ninguno de los nuevos Santos había mostrado todavía sus habilidades en una batalla real. Y qué oportunidad más perfecta para que el impulsivo joven se luzca. Si un nuevo peligro se cernía sobre la Tierra, Kenji sería quien salve el día y así se ganaría la simpatía de Saori.

—¡Nos vamos, señores! —exclamó repentinamente el sucesor de Pegaso.

—¿Adónde, Kenji? —inquirieron el Dragón y Andrómeda al unísono.

—¡Vamos a asistir a la Reunión Dorada!

==Santuario de Atenea. Barracas==

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Evan. Santo de Bronce de Fénix en 2012.

—¡Maldita sea!

El grito de ira de aquel Santo de Bronce retumbó en todo el lugar. La furia que sentía era indescriptible, y no tanto porque se encontraba postrado en una cama al estar inmovilizado por las numerosas heridas. El orgullo de aquel joven de lacio cabello plateado y mirada escarlata había sido lastimado por la derrota, y eso para él eso era más doloroso que cualquier malestar físico.

—Natassia de Cisne… La próxima vez que nos enfrentemos te voy a despedazar la armadura y esa horrible máscara que portas —murmuró entre dientes el contrariado Fénix—. No seré considerado porque eres mujer y te aplastaré como a un insecto.

Mientras se seguía sumiendo en el resentimiento y maldiciendo a su rival y compañera, una suave voz femenina lo llamó por su nombre.

—Evan… —farfulló una jovencita enmascarada de frágil figura, la cual estaba ataviada en ropas de entrenamiento.

Ella traía vendas y ungüentos en las manos. Estaba dispuesta a tratar las heridas del maltrecho joven, así que se le acercó tímidamente.

—¿Qué demonios haces aquí? —le increpó con rabia el muchacho herido—. ¡Ya lo sé! Seguramente vienes a sacarme en cara mi derrota, ¿cierto, Natassia? ¡Pues no te lo voy a poner fácil, pequeña!

Sin decir una palabra, la chica de hermosa cabellera celeste ondulada tomó suavemente la mano de Evan y empezó la tarea de curar los cortes que ella misma le había causado con sus técnicas de hielo.

Por un corto instante el joven Santo se quedó pasmado, sintiendo el delicado roce de las manos de Natassia. Incluso pareció que su ira había desaparecido completamente.

—«Increíble… Y pensar que esas manos son tan fuertes y hábiles golpeando y ejecutando técnicas»reflexionó él sin quitarle la mirada a su compañera.

El Fénix reaccionó sacudiendo la cabeza para volver en sí de su éxtasis y violentamente alejó su brazo de las manos de la muchacha.

—Ya basta de idioteces. Estoy bien. No necesito que mi rival atienda mis heridas.

Natassia se alejó un poco de su compañero, permaneciendo cabizbaja enfrente suyo sin decir una palabra. Evan simplemente giró el rostro hacia el lado contrario dispuesto a no verla, ya que aún seguía enojado por la derrota.

El silencio se volvió eterno.

—Si quieres permanecer aquí, por lo menos di algo interesante. Me incomoda que alguien que está a solas conmigo no diga una palabra —le reclamó sin siquiera voltearse a mirarla.

—Esto… Yo no soy una pequeña… —le respondió ella con recelo, casi susurrando—. Solo soy un año menor que tú.

Obviamente la Amazona esperaba la peor reacción de su compañero al conocer su carácter irascible, sin embargo, el joven de cabellos platinados rió levemente. El comentario de Natassia le había causado gracia, pero al no querer mostrarle un lado amistoso a su rival, se giró nuevamente y clavó sus hostiles ojos rojos sobre ella.

—No me interesa que seas solo un año menor que yo. ¡Para mí todos ustedes son unos mocosos que no tuvieron que sufrir para obtener el derecho de portar sus armaduras!

Evan era el único de los Caballeros de Bronce que ganó la protección de una constelación sin tener un mentor que lo instruya. Su antecesor, el Caballero Dorado Ikki de Leo, se había negado a entrenarlo, ya que lo consideraba débil y nada digno de vestir su apreciada cloth de Fénix. Con el tiempo y mucho esfuerzo, Evan había demostrado su fuerza, pero a la vez que crecía su poder, también lo hacía su resentimiento a su antecesor y compañeros que sí habían sido entrenados…

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Natassia. Guerrera de Bronce de Cisne en 2012.

—¡Tú no conoces el verdadero sufrimiento de estar solo y esforzarte por salir adelante por ti mismo! —añadió él casi gritando—. A ti te entrenó el legendario Santo Hyôga de Acuario, quien tan dulcemente te enseñó todo lo necesario para ser la guerrera que eres ahora, ¿o me equivoco?

La jovencita de cabello celeste no respondió y guardó silencio por varios segundos. Su compañero la miraba fijamente en busca que una réplica.

—¡Vamos, habla! —insistió groseramente—. ¡No te quedes callada!

—Yo… escuché desde lejos lo que ellos decían —respondió inesperadamente Cisne, dejando confundido a su interlocutor.

—¿De qué demonios hablas?

—Kenji, Anna y Senshi se dirigen a la cámara del Patriarca… Atenea convocó a Reunión Dorada.

El semblante del Fénix cambió completamente. El resentimiento de la derrota dejó de importarle tras escuchar esas últimas palabras. Ignorando el dolor de las heridas, se incorporó de su lecho de un salto y se dispuso a salir de la barraca.

—Debemos detenerlos, Natassia. Si descubren que hay Santos de Bronce en la Reunión Dorada, no me quiero imaginar el castigo que nos darán a todos nosotros.

==Santuario de Atenea. Entrada a la Cámara del Patriarca==

El primero en llegar al lugar de la reunión fue el Caballero Dorado de Aries. Caminando con un porte solemne y una expresión de tranquilidad, Kiki se disponía a abrir las puertas del recinto de su diosa.

—«Creo que ha llegado la hora de cumplir con mi destino. Seré un digno sucesor de su armadura dorada. Maestro Mû».

La capa del lemuriano ondeaba con el viento, al igual que su largo cabello castaño rojizo. El digno sucesor de Aries mostraba la misma madurez y seriedad que su respetado antecesor.

—¡Kiki! —lo llamó con emoción una voz familiar antes de que abriera el portón.

El rostro del joven se iluminó al voltearse y ver de quien se trataba.

—¡Seiya! ¡Amigo! ¡Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos!

Por un momento el Santo de Sagitario tuvo la impresión de vislumbrar el rostro de aquel niño alegre que conoció siempre.

A pesar de lucir la apariencia majestuosa que otorga el vestir una armadura dorada, y a pesar de que Kiki quería aparentar la seriedad que requiere el título de Caballero Dorado; Seiya fue capaz de reconocer en él a quien siempre sería su pequeño y querido amigo. 

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Kiki. Caballero de Oro de Aries en 2012.

Al igual que cuando era un pequeño de ocho años, el muviano conservaba esa personalidad amigable y traviesa que le ayudaba a ganarse la simpatía de todos los que conocía. Bueno, de casi todos.

—¡Cuánto has crecido, Kiki! ¡Y qué bien te luce la armadura de Aries! —le comentó Seiya rodeándolo con su brazo por el hombro, para luego encararlo y regalarle una amplia sonrisa. El orgullo que sentía el antaño Santo de Bronce era evidente.

—Gracias, Seiya —manifestó Kiki con prudente regocijo. En medio de la emoción que intentaba ocultar, se había sonrojado ligeramente.

—¡Protejamos juntos a Atenea! ¡Compañero Dorado! —le propuso alegre Seiya, extendiéndole amistosamente la mano derecha para estrechar la suya.

Escuchando estas palabras, el Ariano abrió los ojos con sorpresa. No se había percatado de ese hecho todavía, pero esa era la realidad.

A pesar de que Kiki siempre apoyó a Atenea y sus Caballeros, nunca sintió que su asistencia fuera realmente importante. Pero en ese momento era un Santo Dorado y poseía la fuerza necesaria para salvaguardar a su diosa junto con quienes admiró desde siempre, y lucharía junto con ellos hombro con hombro.

Kiki estrechó la mano de su colega, respondiendo con efusividad al gesto. Luego, con un aire de grandeza, abrió de par en par las puertas de la cámara del Patriarca al ver que los demás Caballeros Dorados se acercaban en grupo.

—No hagamos esperar a nuestra diosa, amigo —concluyó solemne el castaño.

Al verlo entrar con tanta seriedad y actitud digna. Sagitario sintió aún más orgullo por su joven compañero.

—Vaya, este chico sí que ha madurado en todos estos años. Qué feliz estaría Mû si lo viera ahora como su sucesor —dijo Seiya para sí mismo con un aire relajado.

Tras posar despreocupadamente ambas manos en su nuca, el guardián del Noveno Templo del Zodiaco entró a los aposentos de Saori.

Continuará…

kaze-no-seinto (discusión) 17:26 30 jun 2013 (UTC)

CAPÍTULO 2: LA REUNIÓN DORADA Y LA SENTENCIA A LA HUMANIDAD

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Saori Kido. Reencarnación de la Diosa Atenea vistiendo su Kamui. Art de Marco Albiero.

==Santuario de Atenea. Cámara del Patriarca==

En dos formaciones de seis a cada lado y con expresión neutral en el rostro, se encontraban reunidos por primera vez los doce Caballeros Dorados de la nueva generación. Todos sin excepción esperaban con impaciencia la llegada de su diosa. Estaban intrigados por conocer el porqué de la convocatoria.

Aquel cosmos cálido se hizo presente, dando una sensación de paz a todos los presentes. La cortina de seda delante del trono del Patriarca se abrió revelando la figura de Saori. Pero algo no encajaba.

—Saori… ¿Por qué estás vistiendo la Armadura Divina de Atenea? —cuestionó incrédulo Hyôga al ver a su diosa en los ropajes sagrados. Esa era la misma duda que tenían los demás Dorados, pero ninguno sabía cómo reaccionar ante este hecho. Para la mayoría de ellos, la experiencia de contemplar a Atenea en toda su magnificencia era una experiencia nueva y sobrecogedora.

==Santuario de Atenea. Exteriores de la Cámara del Patriarca==

Kenji y sus dos compañeros habían conseguido un lugar privilegiado para observar y escuchar los pormenores de la reunión desde el exterior del edificio. Ninguno de los asistentes dentro del templo parecía notar su presencia o escuchar sus conversaciones.

—¿Por qué seguimos a este cabeza dura hasta aquí? Mi maestro Shun me va a castigar si me descubre husmeando en la reunión —se quejó la Guerrera de Andrómeda. Kenji ni siquiera le prestó atención, estaba embobado observado a Saori vistiendo su Kamui.

Con curiosidad Anna y Senshi también miraron al interior del recinto y se quedaron atónitos con la escena. Para ellos era algo maravilloso ver a la diosa en armadura acompañada por sus doce protectores dorados.

—Algún día nosotros también vestiremos esas armaduras doradas y cuidaremos de nuestra diosa —pensó en voz alta Senshi. Al escucharlo, sus dos compañeros asintieron en silencio con una sonrisa de determinación.

Un fuerte golpe en la nuca regresó al Pegaso a la realidad. Los tres se voltearon y vieron al culpable de la agresión.

—Tenías que ser tú, Evan. Siempre golpeándome por la espalda —se quejó enojado el agredido.

—Ya no lo haré más. Tanto golpe que te doy en la cabeza está afectado tu capacidad de razonar. ¿A qué imbécil se le ocurre venir por su cuenta a una Reunión Dorada?

El Fénix dirigió una mirada furiosa a Anna y Senshi.

—¡Y ustedes dos, lo siguieron como ovejas!

—¡No nos fastidies, amargado! —lo desafió Anna quitándose momentáneamente la máscara, para luego mostrarle la lengua en mueca burlona—. ¡Nosotros hacemos lo que queremos! ¡Feo!

—¿Acaso quieres provocarme para que pelee contigo, mocosa? ¡No durarías ni dos segundos! —la retó iracundo Evan a punto de encender su cosmos, acción que los habría delatado enseguida.

—Basta… por favor… Nos escucharán —musitó insegura Natassia, quien había pasado desapercibida desde que llegó con el Fénix. El tono suave de su intervención consiguió calmar los ímpetus de los compañeros de bronce, quienes para ese momento se observaban desafiantes con los ojos encendidos.

—La chica Cisne tiene razón. Ya arreglaremos nuestros asuntos más tarde, así que no hagas tanto ruido y mejor quédate con nosotros para ver la reunión —le sugirió Anna más tranquila, al tiempo que cubría nuevamente su rostro con la careta metálica.

A regañadientes y sin tener más opción, el Fénix aceptó la propuesta sin decir una palabra. Su curiosidad lo obligó a ponerse en posición estratégica para observar y escuchar dentro. Natassia lo imitó. Los cinco Caballeros de Bronce pusieron atención a lo que estaba a punto de suceder.

==Santuario de Atenea. Cámara del Patriarca==

El silencio se volvió eterno en el lugar. Todos supusieron que las noticias que daría la diosa no serían nada buenas al juzgar por la expresión de preocupación en su rostro. El hecho de que no haya respondido a la pregunta de por qué vestía su Kamui era una mala señal.

—Mis Caballeros, se acerca el momento de la batalla definitiva para decidir el destino de la humanidad —declaró al fin Saori con un tono implacable, rompiendo así el silencio que reinaba en la sala. Su delicada pero fuerte voz hizo eco en toda la cámara—. He recibido en un sueño nuestro ultimátum definitivo.

El discurso de Atenea fue interrumpido por el desorden de las conversaciones de desasosiego entre los Santos de Oro. La voz de un guerrero sonó más fuerte que las del resto:

—Controlemos un poco los ímpetus, compañeros. Que nuestra diosa nos informe los pormenores de la situación y luego planearemos la estrategia adecuada.

La actitud conciliadora y elocuencia del Caballero de Capricornio consiguieron restablecer el orden. Eleison era conocido por ser el más tranquilo y carismático de los Dorados. Su actitud calmada y amable se complementaba perfectamente con su apariencia angelical y atractiva.

—Ya que mis compañeros le escuchan atentamente, continúe por favor, señorita Saori —concluyó Eleison haciendo una reverencia. La diosa no perdió el hilo del mensaje que debía dar a los suyos.

—La advertencia no me fue dada solo en un sueño. La he confirmado tras pasar jornadas de meditación en Starhill —les informó, para luego hacer una pausa para reflexionar—. Les mostraré lo que hay en la luna…

El cetro de Niké proyectó una imagen en el piso de mármol del lugar.

—Algo como esto solo pudo ser grabado en las rocas lunares por un poder superior. Un poder divino… —concluyó Atenea.

Los doce se aglomeraron alrededor de la imagen. Lo que vieron los dejó sin aliento.

—Es… el símbolo de la ‘Nueva Vida’… —fueron las únicas palabras que pudo articular el Caballero de Libra, observando el dibujo complejo de un árbol tallado sobre una piedra en el satélite de la Tierra.

—Así es Shiryû. Y todos sabemos lo que eso significa. Una voluntad superior ha decidido dar nacimiento a una nueva raza en la Tierra… La cual reemplazará a la humanidad. Las vidas de millones han sido sentenciadas con este emblema en la luna.

—Saori, sin duda sabemos el significado de ese símbolo, pero ¿A qué te refieres con una ‘voluntad superior’? —cuestionó el Caballero Ikki de Leo.

—Mis compañeros, los dioses olímpicos, fueron derrotados por el ejército de Atenea en pos de la protección de la Tierra. Sin embargo, no somos las únicas deidades que existen en el Planeta. Otro dios ajeno a los griegos está planeando la destrucción de los humanos —explicó Atenea centrando su atención en la imagen proyectada—. No obstante, una de las cosas que más me preocupa es lo que está tallado bajo la imagen...

Saori se refería a una perturbadora secuencia de números escritos bajo el símbolo de la ‘Nueva Vida’. Se trataba de una fecha que todos supusieron era el día en el que el juicio divino tendría lugar.

—21/12/2012… 21 de diciembre de 2012 —intervino Hyôga de Acuario—. Si eso es cierto, entonces tenemos menos de una semana.

Un silencio sepulcral invadió el recinto. El desconcierto y la tensión reinaron en ese momento. El único que tuvo ánimo de hablar fue Seiya.

—Vamos amigos, no nos desanimemos tan pronto. Es cierto que no sabemos nada del enemigo, pero de algo sí estoy muy seguro —comentó el Caballero de Sagitario, haciendo una pausa para regalarle una gran sonrisa a su diosa—. Estoy seguro de que daríamos nuestras vidas por protegerte a ti y a la humanidad. ¡Solo confiemos en nuestro propio poder! ¡Derrotamos a Zeus y podremos vencer a cualquier otro dios que nos amenace!

Las palabras de Sagitario consiguieron levantar un poco los ánimos de sus compañeros de oro.

—«Como siempre animándonos, Seiya» —reflexionó Shun, observando sonriente al antaño Pegaso—. «Por más fuerte que sea el enemigo, no te rindes nunca, amigo. Ese es el valor que necesitamos en un momento de crisis».

En el exterior, los jóvenes de bronce se habían enterado también de la situación y no supieron cómo reaccionar. Al ver la actitud de Seiya frente a sus compañeros, Kenji no se quedó atrás y decidió también hacer su parte.

—¡Ya lo escucharon, señores! Nosotros también lucharemos junto con nuestros compañeros dorados para proteger a la señorita Saori. ¡Saldremos victoriosos de esta batalla!

Las palabras de Pegaso no consiguieron animar a sus colegas de bronce. Los cuatro se encontraban en una especie de shock, el cual no los dejaba salir de sus cavilaciones.

—Es un dios… nuestro enemigo… es un dios —fue la única frase que pudo balbucear con dificultad Natassia de Cisne.

—¡Pues algo tendremos que hacer, amigos! ¡No se rindan! —gritó Kenji en un intento desesperado por levantar los ánimos. Su voz resultó ser demasiado audible, así que en un impulso Anna de Andrómeda saltó sobre él y le cerró la boca con la mano.

—¡Silencio, torpe! —le susurró enojada—. ¡Harás que nos descubran!

La atención de todos quienes estaban dentro de la cámara del Patriarca fue dirigida al exterior, pero no por el ruido de las palabras de Kenji. Algo siniestro había arribado al Santuario.

En el exterior, Kenji forcejeaba con Anna para que esta lo suelte. En poco tiempo lo dejaría sin respiración. Al notar este hecho Senshi de Dragón se esforzaba por separarlos.

De pronto, los jóvenes se detuvieron intempestivamente al ver que la cadena triangular de Andrómeda empezó a moverse por voluntad propia.

—¡Ahora eres tú la que está llamando la atención, mocosa! —le imprecó el Fénix a su sorprendida compañera—. ¡Deja de estar jugando con tu cadenita!

—¡Cállate, Evan! —replicó la chica mientras luchaba por contener el arma—. ¡¿Acaso sientes que mi cosmos mueve la cadena?! ¡Algo está haciendo que reaccione por sí sola!

La cadena señalaba desesperadamente la parte inferior de las escaleras y batallaba por escapar de las manos de su dueña, a tal punto que empezó a arrastrarla poco a poco.

—Mi maestro Shun me explicó que la cadena reacciona cuando siente una presencia amenazante. No podría ser que…

Andrómeda detuvo su explicación repentinamente al sentir una perturbación cósmica, la misma que también pudieron percibir Atenea, los Caballeros Dorados y sus compañeros de Bronce.

—Esto… no puede ser… ¿Qué es este cosmos tan terrible que... ha llegado al Santuario? —musitó un aterrado Kiki de Aries, al notar que un invasor se acercaba a una velocidad vertiginosa al lugar de la reunión.

Continuará…

kaze-no-seinto (discusión) 17:26 30 jun 2013 (UTC)

CAPÍTULO 3: ¡DESESPERACIÓN!: LA OSCURIDAD INVADE EL SANTUARIO

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Santuario de Atenea. Vista Nocturna. Saint Seiya Online.

==Santuario de Atenea==

El cielo se había tornado de una amenazante tonalidad azabache. A todos les dio la impresión de que había caído la noche en medio del día.

Anna no pudo contener más el impulso de su cadena por escapar y la soltó lastimándose las manos. La poderosa arremetida se dirigió veloz hacia la salida de la Casa de Piscis y ahí se detuvo en seco.

—¡Algo no está bien! ¡Ahora no puedo retraer mi cadena! ¡Algo la está empujando lentamente hacia acá! —declaró alterada la joven de Andrómeda, luchando por jalar de vuelta su arma, mas una poderosa fuerza se lo impedía. Era como si algo o alguien hubiera tomado control de la cadena.

Los cinco guerreros de bronce vieron aterrados como una sombra negra emergía de Piscis y subía poco a poco las escaleras. Mientras más se acercaba, la cadena más retrocedía. Todos en el grupo de jóvenes sintieron como el miedo invadía sus corazones.

El aura negra que emanaba aquel ser era increíblemente nociva. Las radiantes rosas rojas que crecían a los extremos de las escaleras, se marchitaron de forma horrible con el simple contacto con el cosmos de la aparición.

La sombra continuó su paso lento, curiosa por averiguar el origen de la cadena que la había atacado. Por fin se encontró frente a frente con su agresora, la guerrera de bronce Anna de Andrómeda. Sus compañeros estaban paralizados de terror y aunque quisieron no pudieron mover ni un músculo.

La aparición humanoide parecía observar con curiosidad a la joven, quien sentía como su alma era escudriñada y desgarrada desde su mismo interior.

—Qué interesante… Eres la única persona que se atrevió a atacarme en todo este lugar —declaró la sombra con tono irónico, para luego soltar una aguda y sonora risa. La voz claramente pertenecía a una mujer—. No supuse que este Santuario estaría tan lleno de cobardes.

—Solo por tu valentía les perdonaré la vida a ti y a los gallinas de tus amiguitos. Al menos por ahora —añadió, escrutando a los Caballeros de Bronce, los cuales no se atrevieron a decir una palabra.

—Vamos, pequeña. ¿Ni siquiera me darás las gracias? —le cuestionó poniendo su mano a un costado del rostro enmascarado de la joven de Andrómeda, quien al percibir el contacto de esos cinco dedos cubiertos de oscuridad, sintió que la vida se le escapaba.

—Yo... yo no... —balbuceó Anna con dificultad. El terror hacía imposible que vocalice.

—Pero qué aburridos son los humanos —añadió la invasora del Santuario al no escuchar una respuesta coherente—. Al menos déjame ver el terror que oculta esa fea máscara que traes puesta…

Con un simple movimiento le arrancó la careta metálica y la destrozó sin esfuerzo con su mano. Los hermosos ojos verdes de Anna dejaban correr lágrimas sin cesar, pero aún así, su mirada se tornaba desafiante. La mujer oculta bajo la bruma negra soltó otra fuerte carcajada al ver la expresión altiva de la Amazona.

—¡Pero qué jovencita más bonita! —comentó la mujer de las sombras, quien había convertido la conversación en un monólogo—. Es una lástima que ustedes las mujeres del Santuario no puedan mostrar libremente su rostro.

—Me agradas, muchacha —añadió pretenciosa—. Como muestra de aprecio, te dejaré saber con quién estás tratando…

La espesa niebla negra que cubría a la mujer se disipó completamente y reveló la figura de una atractiva y sensual mujer. Su largo cabello negro era más oscuro que las sombras que la cubrían y contrastaba con lo pálido de su piel. Lo que más llamó la atención de Anna, fueron sus penetrantes ojos rojos que brillaban llenos de maldad.

—Mi nombre es Morrigan, soy la diosa celta de la muerte y la oscuridad.

Con una sonrisa arrogante y una mirada llena de superioridad, la deidad continuó su camino. Ya se había cansado de hablarles a unos Caballeros de bajo rango.

Con un simple ademán suyo, las puertas del recinto del Patriarca fueron arrancadas con violencia. Lo primero que Morrigan observó al entrar fue a los doce Caballeros Dorados colocados en formación frente a Atenea. Todos estaban en guardia atentos a los movimientos de la intrusa.

—¡Entonces eres tú la que amenaza el destino de la humanidad! —exclamó Saori alterada, a la vez que la amenazaba con su báculo y colocaba su enorme escudo en posición de defensa—. ¡No dejaremos que acabes con la vida de personas inocentes!

—Supongo que todos los dioses griegos son así de maleducados. Me imagino que tú eres Atenea, la diosa que manda en este lugar. No te creas la gran cosa solo porque vistes esa armadura… Y sí, podría decirse que disfruto quitando vidas humanas...

La malvada mujer observó con desprecio a los doce Caballeros.

—¿Y quiénes son estos pobres mortales? ¿Los perros que tienes para que te cuiden? —agregó en tono ofensivo la diosa de la muerte.

Los ojos azules Saori se cruzaron con la mirada carmesí de Morrigan. Tras el choque de miradas reinó un momento de tenso silencio.

—¡No dejaremos que le faltes el respeto a Saori ni a nosotros! —le gritó Seiya desafiante, al tiempo que hacía una señal con la mano a sus compañeros. Los once Dorados acogieron la orden silenciosa y arremetieron sin vacilar contra la diosa celta dispuestos a golpearla. Ella se limitó a observarlos acercarse con expresión de fastidio.

—Controla a tus esclavos, Atenea. No querrás que se pierdan el fin del mundo antes de tiempo —comentó divertida la dama oscura.

Tan solo fue necesaria una mínima parte de su poder divino para detener en el aire a los incrédulos Caballeros, quienes infructuosamente luchaban por liberarse de la prisión invisible.

—¡Relámpago de Guerra! —bramó Saori, liberando la energía de su ken a través del cetro de la diosa de la victoria.

La poderosa técnica de Atenea obligó a Morrigan a salir de la cámara para esquivarla. El resplandor del fulminante rayo distrajo por milésimas de segundo a la deidad celta, quien no pudo evitar que Saori le propine un fuerte golpe con su escudo.

—Libera a mis Caballeros y márchate de una vez… —le ordenó Atenea con un tono que empezaba a tornarse amenazante y furioso. Morrigan se reincorporó y ni se inmutó con lo dicho por su oponente. Con una actitud tranquila bajó la guardia.

—Fue divertido, ¿sabes? —comentó con una sonrisa llena de maldad—. Matar a todos esos estorbos…

—¿A qué… te refieres? —preguntó aterrada la diosa griega en armadura.

—¿No me digas que no sentiste sus cosmos extinguirse? —cuestionó a la vez su interlocutora con sarcasmo.

Saori abrió desmesuradamente los ojos. Era cierto, el cosmos de la mayoría de sus Caballeros de Plata, de Bronce, de los soldados, aprendices y demás habitantes del Santuario había desaparecido por completo.

—Veo que ya te diste cuenta…

Su potente risa burlona invadió todo el Santuario.

—Justamente para eso estoy aquí, Atenea —añadió Morrigan con arrogancia—. ¡Para divertirme asesinando a todos los que te protegen!

Lágrimas de incredulidad y dolor inundaron los ojos de Saori. En tan poco tiempo había perdido a la mayoría de las personas que apreciaba y eso era algo insoportable para ella. Atenea no pudo hacer nada más que caer de rodillas y soltar su báculo y escudo. Los Caballeros Dorados y de Bronce observaban incrédulos la escena.

—Mis… mis Caballeros… —masculló Atenea en medio de la confusión y la inmensa tristeza que sentía—. Los mataste a todos…

—Mirar esa cara no tiene precio. Deberías ver lo patética que luces ahora. Y todo por las miserables vidas de unos cuantos humanos.

Morrigan se acercó lentamente, hasta que quedó a pocos centímetros de Atenea. Delicadamente le levantó el rostro poniendo la mano en su mentón para que la observara. Saori no opuso resistencia.

—Qué fácil sería arrancarte la cabeza ahora mismo…

Su diosa se encontraba en peligro a pocos metros de donde él se encontraba. Y aunque el miedo lo había paralizado, no permitiría que nadie ponga un dedo encima de la mujer que tanto admiraba.

—«Señorita Saori, usted no puede acabar así. ¡No lo permitiré! ¡Yo soy su protector más leal y no dejaré que le hagan daño!!» —se auto convenció Pegaso Kenji.

En un impulso de cólera, el Caballero de Bronce cargó al máximo posible su energía cósmica y trazando con sus manos la posición de las estrellas de su constelación, se dispuso a atacar a la agresora de su diosa. Con lágrimas en los ojos exclamó el nombre de su ken:

—¡Meteoros de Pegaso!!

El grito de Kenji sacó de su letargo a Atenea, quien por un instante giró el rostro y tuvo la ilusión de ver a Seiya vistiendo su armadura de Pegaso, rescatándola como lo hacía antaño.

—«¡Aún quedan Caballeros de Bronce vivos!» —reaccionó Saori, recuperando su semblante habitual—. «¡No perderé la esperanza todavía!»

La diosa griega retrocedió tomando sus armas para ponerse en guardia. Mientras tanto, los cientos de golpes de Kenji impactaron en su objetivo. La diosa invasora ni siquiera hizo un esfuerzo por esquivarlos y los recibió de lleno con el cuerpo desprotegido.

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Representación de la Diosa Celta llamada Morrigan.

—Vaya, vaya… el gatito mostró las garras… Creí que la única que valía la pena era la chica de la cadena, pero te subestimé, pequeño.

Morrigan no pudo contener otra carcajada.

—Vine a divertirme a este Santuario matando un poco, pero creo que será más interesante ver de lo que son capaces hasta el Día Final —concluyó apenas controlando la risa.

Kenji se colocó justo frente de Saori en actitud protectora.

—¡Atrévete a tocarla otra vez y te arrepentirás! ¡Maldita bruja! —le imprecó Kenji. Su ira era incontrolable, difícilmente podía moderar sus actos o sus palabras.

—¿Maldita bruja?... —repitió Morrigan, alzando una ceja en señal de incredulidad—. Que niño tan atrevido, es la primera vez que me tratan tan mal. Pero me gusta que un hombre tenga esa actitud.

La diosa oscura levantó amenazante el dedo, apuntando a la estatua de Atenea que se erguía detrás de los aposentos del Patriarca.

—La próxima vez que nos veamos será el Día Final. Y se los advierto, no tendré piedad entonces. Sin dudarlo les haré esto…

Un fino haz de luz roja salió proyectado de su dedo. La energía cortante fue capaz de decapitar limpiamente el monumento de Atenea. Atentos al espectáculo grotesco, ninguno notó que Morrigan ya se había marchado tras el fuerte retumbar de la enorme cabeza de piedra contra el piso. Solo la sombra de un cuervo pudo ser vista alejándose en el oscuro horizonte.

Continuará…

kaze-no-seinto (discusión) 17:26 30 jun 2013 (UTC)

CAPÍTULO 4: SENTIMIENTOS ENCONTRADOS: ANTES DE LA BATALLA FINAL...

La contienda final todavía no comenzaba y Atenea ya había perdido a casi toda su armada en manos de la despiadada Morrigan. La muerte invadió el terreno sagrado y en cuestión de minutos se llevó las vidas de cientos de valientes guerreros. Ahora solo quedaban vivos los doce Caballeros Dorados, algunos Caballeros de Bronce y varios otros guerreros que se encontraban en misiones fuera del Santuario. El juicio final de la humanidad estaba a pocos días de tener lugar y poco sabían los protectores de la Tierra de la amenaza que enfrentarían.

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Cementerio del Santuario de Atenea. Lápidas de los Santos de Oro. (Saga de Hades, Ch. Sanctuary)

==Santuario de Atenea. Cementerio==

Tres días les tomó a los sobrevivientes dar honrosa sepultura a todos los caídos. En medio de un terreno lleno de lápidas improvisadas con nombres tallados toscamente, una joven mujer rubia ataviada en armadura dorada lloraba la muerte de sus compañeros.

—«No habían señales de lucha o resistencia en sus cuerpos» —reflexionó apretando los dientes por la ira—. «En unos pocos segundos los asesinó con su poder sobrenatural».

—¡No pudimos hacer nada por evitar la pérdida de tantas vidas! —gritó la Guerrera de Oro sin poder controlar sus sentimientos. En un impulso, golpeó con frustración la tierra. En ese punto le fue imposible contener el flujo de las lágrimas que rezumaban sus brillantes ojos azules.

—Soy débil… ¡Demonios! ¡Soy demasiado débil! —se reprendió a sí misma golpeando repetidas veces una de las tumbas de piedra—. ¡Esta armadura dorada solo me sirve de adorno!

—No seas tan dura contigo misma —intervino un amable joven de cabello también rubio, el cual había aparecido en escena sin que ella lo notara. Aquel muchacho de rostro cálido estaba arrodillado a su lado regalándole una consoladora sonrisa. A ella parecía no importarle que su colega Eleison de Capricornio vea su cara descubierta.

—No me gusta ver tu rostro lleno de lágrimas. Por favor, muéstrame la hermosa sonrisa que ilumina siempre mi corazón.

—Es imposible que sonría ahora. Y no sé cómo es que tú tienes la sangre fría para hacerlo en un momento como este —le recriminó furiosa la Amazona.

—Tú me conoces mejor que nadie, Kyrie —repuso tranquilamente Capricornio—. Sabes que por dentro estoy muriendo de pesar y pena por la pérdida de nuestros compañeros. Pero de alguna forma debo mostrar calma y ánimo a mis compañeros dorados ¿No crees?

—¡No! ¡Estás equivocado, Eleison! —le reclamó tajante la rubia, mientras seguía llorando—. ¡¿Por qué no aprendes a demostrar lo que verdaderamente sientes?!

Él no perdió su carácter amable a pesar de los fuertes reclamos.

—Entiendo bien cómo te sientes. Pero si pierdes la calma ahora, no lograrás concentrarte en la batalla que se avecina. Eres una mujer fuerte, solo demuéstralo.

Eleison la tomó de la mano y sin previo aviso le dio un fuerte abrazo. Eso era justo lo que le hacía falta a Kyrie en tal momento de dolor emocional. En silencio se dejó reconfortar por esos cálidos brazos que la rodeaban.

—Gracias, hermano.

Kyrie de Escorpión fue la última guerrera en formar parte de las nuevas filas doradas de Atenea. Era la más inexperta de los doce, pero también la que poseía uno de los mayores sentidos de justicia. Siempre fue respetada por sus colegas que tuvieron la oportunidad de conocer el esfuerzo y la constancia que ponía cada día al extenuante entrenamiento.

Todo había pasado tan rápido. Hace poco vestía la armadura de bronce del Lince, y ahora, gracias al despertar fugaz de su Séptimo Sentido, había conquistado la confianza de la armadura dorada de Escorpión, la cual la había escogido como su portadora por voluntad propia. Grande fue el orgullo que sintió su hermano Eleison, cuando la vio llegar a su casa de Capricornio saltando de alegría mientras vestía orgullosa su nueva armadura, y más porque sabía lo mucho que su hermana admiraba al legendario Milo de Escorpión. Cada día era una lucha y cada día demostraba lo valiosa que era, esforzándose al máximo por ser digna de poseer el título de Guerrera Dorada. Por esa razón su entrenamiento no se detuvo un solo día.

Aún abrazado de Kyrie, Eleison observaba las constelaciones con una sonrisa.

—Mira hacia allí, hermana —le sugirió señalándole el cielo nocturno—. Es la constelación de Escorpión. En su corazón, Antares te protege, hermana mía. Porque el espíritu de Milo está vivo dentro de tu armadura.

La joven se colocó su máscara dorada para evitar que su hermano mayor vea el rubor en su rostro. No dijo una palabra por varios minutos.

—Siempre sabes qué decir para hacerme sentir mejor… Gracias…

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Santuario de Atenea, Coliseo (SS Omega)

==Santuario de Atenea. Coliseo==

            Intensos resplandores anaranjados iluminaron el coliseo del Santuario. Aquel joven de bronce descargaba su ira y frustración a través de su técnica llameante.

—¡Alas del Fénix Volador! —gritó el guerrero para después expulsar una feroz ráfaga de fuego en forma del ave mítica. El sentimiento de desprecio hacía sí mismo por no haber hecho nada en contra de Morrigan, lo estaba consumiendo por completo. La muerte de tantos de sus compañeros también le dolía con intensidad.

En medio de su ímpetu descontrolado, no notó que alguien se había puesto en medio de la trayectoria de su ken.

—No lo haces nada mal. ¡Evan de Fénix! —exclamó el recién aparecido, para luego extender el brazo derecho y extinguir por completo la mortal llamarada con la palma de la mano.

—¡¿Qué demonios haces aquí, Ikki de Leo?! —imprecó furioso el agresor.

—¡Esa no es forma de tratar a tus superiores!

En un parpadeo Ikki estaba a centímetros de su sucesor de bronce. Sin darle tiempo a reaccionar, le propinó un puñetazo certero en el abdomen. Evan incrédulo cayó al suelo, sosteniéndose el área afectada en un inútil intento por detener el intenso dolor.

—Escúchame bien, novato. Todos en el Santuario nos sentimos mal por lo que ocurrió por culpa de esa maldita diosa. Pero lo tuyo llega a otro extremo —aseguró el Caballero de Leo con autoridad. Evan solo atinó a observarlo con furia desde el piso—. Veo en tus ojos que tu alma se está oscureciendo. Te estás llenando de resentimiento, ¡de odio!

—A tu edad yo también me dejé consumir por ese mismo odio, tal y como me decía mi maestro. Tú no debes hacer lo mismo —le aconsejó en un tono más calmado—. Nada puede nacer del odio —concluyó Ikki para luego retirarse del lugar. Estas últimas palabras quedaron grabadas para siempre en la mente del nuevo Fénix, quien se reincorporó después de un buen rato tras recuperar el aliento.

—«Debo admitir que tiene razón... el odio solo me convertirá en un monstruo incontrolable» —meditó más tranquilo para luego sentarse a descansar—. «Debo concentrarme para la batalla que se avecina».

Alejado del coliseo, Ikki observó la palma de su mano derecha haciendo una mueca de dolor. Estaba completamente quemada.

—Ese novato sí que es fuerte. Si no hubiese tenido puesta mi armadura de Leo, sin duda habría perdido el brazo.

Ikki cerró fuertemente la mano afectada haciendo puño.

—Y pensar que obtuvo ese nivel de cosmos sin la ayuda de nadie... Me arrepiento de no haberlo entrenado...

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Santuario de Atenea, cabeza decapitada del monumento a la diosa de la sabiduría. (Ova Lucifer)

==Santuario de Atenea. Monumento de Atenea==

—Por lo que sabemos hasta ahora y por lo que ella misma le dijo a Anna, la enemiga a vencer se llama Morrigan, la diosa celta de la muerte y la oscuridad —le comentó Shun a su amigo Shiryû.

Desolados, ambos veían el esfuerzo de sus alumnos para mover la pesada cabeza decapitada de la estatua de Atenea.

—¿Está mejor Anna? —preguntó el Dorado de Libra, con la vista fija en el trabajo de los jóvenes—. Estar cerca de la muerte no es algo que se supera fácilmente.

—No te preocupes, amigo. La conozco muy bien. Ella es una chica muy fuerte. Te sorprendería.

Shun detuvo la conversación para saludar con la mano a su discípula quien se giró un momento para observarlo. Mientras ondeaba la mano, comentó:

—No es coincidencia que ahora porte mi querida armadura de Andrómeda.

El ropaje de bronce de la constelación de la doncella encadenada fue modificado en apariencia para adaptarse al contorno femenino de su nueva portadora. El largo cabello castaño de la joven Amazona resaltaba con la tonalidad grana de aquella legendaria armadura de bronce.

La joven Anna siempre demostró un carácter alegre, contrastado con una personalidad fuerte y temperamental. Despreocupada en muchos aspectos y centrada en otros, la muchacha parecía no adaptarse al solemne ambiente del Santuario. Casi siempre se la veía metiéndose en problemas, en especial porque se negaba a usar su máscara. Por esa razón, su maestro Shun pacientemente se hacía responsable de los inconvenientes causados por su discípula.

 Ella en secreto estaba ilusionada por su mentor. La personalidad amable y comprensiva del Caballero de Virgo habían logrado cautivarla. A decir verdad, el esfuerzo de conseguir la armadura lo había hecho solo por él, aunque tenía vergüenza de confesárselo.

El rostro descubierto de la muchacha en ese momento se veía un tanto ensombrecido por la tristeza. La joven habitualmente jovial y juguetona arrastraba con seriedad la cabeza de piedra con la ayuda de su cadena. Senshi la apoyaba empujando la roca desde el lado posterior.

—Deberíamos ayudarles, Shiryû —sugirió en tono condescendiente el maestro de Anna.

—Claro que no, amigo. Conozco a Senshi, es un muchacho muy independiente y se tomaría a mal que quiera ayudarlo en esto —afirmó el antiguo Dragón—. Además, veo que ellos quieren demostrar que pueden sernos de ayuda en la batalla que se avecina.

—¡No me digas que dejarás que tu propio hijo se enfrente a una diosa! —profirió Virgo consternado—. Los Caballeros de Bronce todavía son muy jóvenes y no tienen experiencia en batalla. Sería una lástima que sus vidas se pierdan así —concluyó bajando la cabeza en señal de tristeza.

—Shun, lo mismo decían de nosotros cuando éramos más jóvenes. Cuántas veces nos quisieron apartar de la batalla. Además...

El Caballero de Libra sonrió con seguridad al observar a su hijo—. Bien sabes que no podremos detenerlos aunque quisiéramos. Ellos son tal y como éramos nosotros cuando portábamos esas armaduras de bronce. Y sabes bien que nos conocían por ser unos testarudos, que no entendían razones cuando tenían que luchar por Atenea y la justicia.

—Tienes razón, amigo —secundó Shun más animado—. Confiaré en la capacidad de esta nueva generación de Caballeros de Bronce.

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Monumento a los Santos de Oro Legendarios (Ova Tenkai-Hen Overture)

==Santuario de Atenea. Monumento a los Caballeros de Oro Legendarios==

En medio del Santuario se elevaba majestuoso un colosal árbol. Su tronco fue el lugar perfecto para tallar las imponentes figuras de los doce Caballeros Dorados Legendarios que sacrificaron sus vidas para derribar el Muro de los Lamentos en Giudecca. Se decía que sus espíritus fueron encerrados en ese mismo monumento de madera como castigo por atreverse a desafiar a los dioses griegos. Ese lugar era el más respetado del Santuario después de la estatua de Atenea.

Unos delicados dedos hicieron contacto con la madera.

—A ti fue a quien tallaron en la base del árbol… Por lo menos así puedo tocar tu rostro.

La faz grabada de Afrodita de Piscis era acariciada por una jovencita de cabello color aguamarina, la cual estaba ataviada en ropas de entrenamiento. Su máscara dorada brillaba a la luz de la luna.

—¿Pero, por qué labraron tu cara en la parte más baja? —se preguntó a sí misma—. Te menospreciaron incluso cuando intentaron honrarte. Y ahora también lo hacen conmigo…

El rostro de madera del antiguo Caballero de Piscis parecía observar inmutable a su visitante.

—¡Te prometo por mi vida que me convertiré en la Guerrera Dorada más fuerte de todos los doce y vengaré tu muerte! —exclamó descontrolada la muchacha.

En un momento de descompostura se quitó la máscara para tratar de limpiar sus lágrimas con la muñequera.

—¡Vengaré tu muerte! —repitió furiosa—. ¡Lo prometo! ¡Nada justifica que te hayas sacrificado así! ¡Ni la vida de Atenea, ni la vida que nadie! —rugió estallando en llanto—. ¡Hermano, me haces falta!

—Este es un lado tuyo que no conocía, Helena… —interrumpió fríamente una potente voz masculina detrás de ella.

Rápidamente la Guerrera recuperó la compostura y sin alterarse se colocó la máscara dorada para encarar al intruso.

—Si descubro que te atreviste a mirar mi rostro… ¡Te juro que te mataré! —amenazó furibunda, mientras su cosmos dorado se elevaba poco a poco.

—No me interesa para nada ver tu rostro ni el de nadie —declaró severo el recién llegado—. Te lo decía por lo descuidada que eres. Andar por el Santuario sin vestir tu armadura de Piscis es demasiado peligroso. El enemigo podría volver a atacar en cualquier momento.

La joven no atinó a protestar y en actitud de rabia hizo un lado a su interlocutor, dispuesta a abandonar el lugar.

—No te metas en lo que no te importa —le espetó furiosa—. ¡Alguien como tú no me entendería!

Helena de Piscis era considerada como la ‘oveja negra’ entre los Caballeros Dorados. Esto a causa de su nada oculto resentimiento y ansias de poder. Su mala actitud hizo que corrieran rumores en el Santuario. Se decía que la armadura de Piscis le fue ‘regalada’ sin mérito por el simple hecho de ser la hermana menor de su antiguo portador. Helena incluso empezaba a renegar de su título de Guerrera Dorada, pero su deseo de venganza la mantenía en el Santuario con una falsa lealtad hacia Atenea.

—Aunque no me importe y aunque no te entienda… No puedes perder la calma en este momento. Aunque uno solo de los doce eslabones de la cadena dorada esté débil, eso significaría la muerte de todo el planeta —reclamó fríamente el hombre. Piscis se volteó y se quedó inmóvil observándolo.

—Debería considerar un honor el que una celebridad del Santuario me dé un sermón como ese —recriminó sarcásticamente la aludida—. Será mejor que te metas en tus propios asuntos… Sombra Mortal de Cáncer…

Dicho esto, desapareció a la velocidad de la luz, dejando solo a su colega Dorado.

—«Se comporta como una niña engreída. Solo espero que me haga caso» —reflexionó Cáncer para luego dar un vistazo rápido al monumento que le sacó lágrimas a la muchacha. El intenso resplandor de su armadura dorada a la luz de la luna, se vio contrastado por los largos mechones de cabello verde que sobresalían de su diadema de cangrejo.

Sombra Mortal de Cáncer era considerado como el más talentoso entre los doce Dorados. Uno de esos prodigios que se ven rara vez en la vida. Respetado por su inteligencia y sangre fría, Sombra Mortal había conseguido su armadura tras despertar su Séptimo Sentido espontáneamente y sin ningún esfuerzo. Muchos lo consideraban como el Caballero de Oro más poderoso de la nueva generación.

Por desgracia, lo siniestro que representa su constelación y el aura oscura de energía negativa que era visible a su alrededor; le hicieron ganar su apodo de Sombra Mortal. Este hecho lo había alejado del resto. Se decía además, que el guerrero poseía un corazón negro como su aura, sin embrago, eso no era cierto. El Caballero de Cáncer siempre fue leal a Atenea y por lo tanto no le importaba lo que los demás decían de él, ni su reputación de malvado.

—Será la primera vez que luchemos para defender el planeta… Y aún así tendremos que enfrentar a una diosa…

La mirada verde del Caballero se vio vacía y opaca por un instante, al contemplar la inexpugnable figura que se erguía ante él. Siempre llamó su atención la expresión de confianza con la que fue esculpido su antecesor, Máscara Mortal de Cáncer.

—Me pregunto si podremos igualar la leyenda que ustedes doce representaron…

Continuará…

kaze-no-seinto (discusión) 17:26 30 jun 2013 (UTC)

CAPÍTULO 5: CALMA EN EL SANTUARIO: SE ACERCA EL JUICIO FINAL

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Campos de Entrenamiento. Saint Seiya The Lost Canvas

==Santuario de Atenea. Campos de Entrenamiento==

            —¿No tienes nada que decirme, Natassia? —cuestionó Hyôga a su alumna. Esta simplemente bajó cabeza y colocando las manos entre sus rodillas, se quedó en silencio.

            Aparte del gran susto, la joven enmascarada de cabellos celestes no recibió daño por parte de Morrigan. La armadura de Cisne adaptada a su delicada figura femenina, también permaneció intacta tras el ataque.

            —Estoy feliz de que te encuentres con vida al igual que los demás chicos —le comentó el Acuariano, regalándole una cálida sonrisa a su joven aprendiz—. Fue un alivio verte sana y salva después de la invasión de esa mujer. No debería decirte esto pero, me alegro de que hayas seguido a Kenji a la reunión.

Hyôga revoloteó con su mano el cabello de Natassia en tono juguetón, ella no atinó a reaccionar. Sin decir nada más, el Santo Dorado dejó sola a su alumna.

            Natassia de Cisne había conocido en carne propia el verdadero significado de sufrimiento desde una edad muy tierna. Abandonada por sus padres, la niña se vio obligada a convertir las heladas calles de Asgard en su hogar hasta los ocho años. Grande fue la sorpresa del hombre ruso que la encontró, cuando supo que se llamaba igual que su madre. La niña tocó su corazón, así que decidió darle una vida decente en el Santuario de su diosa.

La pequeña de personalidad tímida y cerrada aceptó sin protestar las instrucciones y consejos que su maestro le dio en todos esos años. Hyôga orgulloso observaba el progreso de su sucesora. Solo había algo que lo perturbaba en el fondo: En todos los años que conoció a Natassia, jamás la vio sonreír y sus conversaciones solo se limitaban al entrenamiento. El maestro siempre fue comprensivo en este aspecto y nunca la presionó para que cambie de actitud o para que le diga lo que sentía.

Lo que más recordaba el Caballero era el día en el que Natassia vistió por primera vez la armadura del Cisne. La joven ni siquiera se alegró. Al contrario, la expresión neutral de su rostro era más fría que los campos de Siberia. Sin embargo, con los últimos acontecimientos, algo empezaba a cambiar en su interior.

—Maestro… pelearé por usted y por Atenea… Morrigan no destruirá este planeta —pensó en voz alta la sucesora del Cisne, observando su constelación en el cielo nocturno.

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Habitación del Patriarca. SS Anime Clásico

==Santuario de Atenea. Cámara del Patriarca==

Saori descansaba en el trono del Patriarca escoltada por Seiya. A sus pies, el joven Kenji de Pegaso permanecía arrodillado en señal de respeto.

—No sabes lo agradecida que estoy contigo —exaltó la diosa con una cálida sonrisa—. Fuiste tú quien nos salvó. Sin duda eres un héroe digno de portar la armadura de Pegaso. Desde el fondo de mi corazón te agradezco sinceramente por tu valentía.

El joven de cabello rubio la miró fascinado.

—De nada, señorita Saori...

El Santo de Bronce se detuvo al darse cuenta de lo que había dicho. Solo los Caballeros Dorados solían llamarla por su nombre.

—Perdón... Atenea —se corrigió avergonzado.

—No te preocupes, Kenji. Llámame por mi nombre con toda confianza —lo animó la deidad griega—. Ahora ven hacia aquí, por favor —le invitó sonriente. Él enseguida obedeció—. Quiero obsequiarte algo.

Con delicadeza, le tomó la mano y se puso en la tarea de envolver una pulsera de flores en la muñeca derecha de Pegaso, quien encantado disfrutó del momento. Tenía a su diosa tan cerca. Podía incluso percibir su perfume y el contacto suave con su piel.

—Este brazalete te protegerá de la maldad. Cada vez que lo mires recuerda por qué estás peleando —concluyó ella, observándolo con calidez.

—¡Gracias, Saori! —exclamó el joven, sin poder ocultar su emoción.

En un impulso abrazó a la sorprendida diosa, quien no esperaba esa reacción del joven. Sin embargo, se dejó llevar por el momento y no hizo más que responder al gesto, rodeando con los brazos a su Caballero y salvador. Seiya observaba sonriente la tierna escena.

Consciente de su atrevimiento, Kenji se alejó del abrazo de Saori y respetuosamente se arrodilló en señal de disculpa.

—Te admiro Kenji. Todos hemos tenido el impulso de abrazar a Saori en momentos como este, pero solo tú has sido lo suficientemente valiente para hacerlo —comentó Seiya divertido, provocando el rubor en el rostro de la diosa y una sonrisa alegre en Kenji.

Por un corto instante los tres olvidaron sus problemas y se relajaron conversando. Ya no eran una diosa con sus dos Caballeros. Eran simplemente tres amigos pasando un rato agradable.

—¡Y entonces Zeus salió corriendo despavorido, temiendo a lo que yo pudiera hacerle! —inventó Seiya emocionado, para impresionar al heredero de su armadura de bronce. Obviamente este no le creyó y rió a toda voz junto con Saori.

Kenji se había ganado la confianza y el aprecio de ambos.

—¡Oye, Seiya! —lo llamó repentinamente el muchacho rubio—. ¡Veamos el ‘Meteoro de Pegaso’ de quién es el más poderoso!

—¡Pero qué niño tan atrevido! —le increpó el Dorado, rodeándolo con el brazo por el cuello de manera cómica—. ¡Vas a ver lo que puede hacer el gran Seiya!

Atenea observó enternecida como sus dos leales guerreros y amigos, salían del recinto dispuestos a medir amistosamente sus fuerzas. Ambos se alejaron conversando alegremente, como si se conocieran ya por años. Era increíble la compatibilidad que tenían.

—«Cómo quisiera que ustedes tengan una vida feliz y normal» —meditó Saori con tristeza—. «Quisiera hacer algo para que dejen esta existencia llena de peleas y sufrimiento. Se merecen mucho más que esto, mis niños».

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Aldebarán, Santo de Oro de Tauro en 2012.

==Santuario de Atenea. Casa de Tauro==

             Kiki seguía desconcertado por lo que había ocurrido recientemente en el Santuario. Necesitaba distraer un poco su mente, o sus propios miedos e inseguridades acabarían volviéndolo loco. Su primera opción para tener una conversación fue su vecino, el Caballero Dorado de Tauro.

            El Ariano se internó en la oscuridad del segundo templo intentando encontrar a su compañero, pero por más que intentó, no pudo sentir su cosmos.

            —¡Aldebarán! ¡Amigo, sal! —gritó Kiki en busca de una respuesta que nunca tuvo lugar. El lemuriano no se rindió y continuó explorando el templo en busca de su colega. Un resplandor dorado llamó su atención en la distancia.

            La enorme Caja de Pandora contenedora de la armadura de Tauro parecía iluminar el ambiente con su resplandor dorado. Sobre ella, un joven de cabello blanco se encontraba durmiendo plácidamente. Cuando Kiki se le acercó, lo despertó con el sonido de sus pasos.

            —Déjame descansar un poco, amigo. Ya es tarde —murmuró Aldebarán dejando escapar un sonoro bostezo, para después acomodarse sobre la caja. Lo extenuante de las jornadas en el cementerio lo habían dejado sin energías.

            Quien viera por primera vez a este muchacho delgado y pequeño, jamás habría imaginado que se tratase del sucesor de la armadura de Tauro. Aldebarán era el más joven de todos los Caballeros Dorados. En apariencia lucía débil e incluso más joven que los Santos de Bronce.

Aparte de su aspecto infantil, también poseía un carácter pasivo y tranquilo, el cual había causado el menosprecio y abuso de otros habitantes del Santuario. Era triste ver como incluso algunos Caballeros de Plata que no conocían su rango, se burlaban de él y lo golpeaban. Sus colegas Dorados siempre le reclamaban este hecho, pero Aldebarán se justificaba diciendo que no quería maltratar a quienes tenían poderes inferiores a él.

            Pero… ¿Cómo era capaz este muchacho enjuto de portar una armadura tan grande y pesada como la de Tauro? Eso era algo que solo sus colegas Dorados sabían. Lo que ocurría cuando Aldebarán alcanzaba el Séptimo Sentido era algo que escapaba a toda lógica. Por esa razón casi nunca se lo había visto portando su armadura. De hecho, Aldebarán era el único Caballero que no vestía su ropaje de oro durante la Reunión y el incidente con Morrigan. Lo había llevado a espaldas en su caja y usado como asiento justo como lo estaba haciendo en ese momento ante Kiki.

—Vamos, no seas perezoso, solo quiero conversar un rato —invitó alegre el Santo de cabello castaño rojizo.

—Tú no cambias, Kiki —manifestó el muchacho de melena alba con una voz cansada—. Te conozco. No te gusta la soledad. Eres como el resto de personas, por eso me quieres utilizar para sentirte acompañado ¿cierto?

Desde el momento en el que perdió su verdadero nombre para adoptar el de la estrella principal de su constelación, como lo habían hecho ya generaciones anteriores de Caballeros de Tauro; Aldebarán sintió que también perdió una parte importante de sí mismo. Su título de Caballero Dorado no era algo de lo que estaba orgulloso, pero como la vida no le ofrecía nada más, aceptó con resignación el destino que se le había determinado.

—Solo quería pasar un tiempo con mi vecino, nada más —respondió Aries sin perder la sonrisa.

Con una expresión de cansancio, Aldebarán dejó la comodidad de su lecho improvisado y observó a su amigo. La diferencia de estaturas era notable.

A pesar de ser tan distintos en todos los sentidos, los Caballeros Dorados custodios de las dos primeras Casas habían entablado una amistad sincera.

—Si quieres conversar con alguien por qué no vas a las Casas de Géminis o Cáncer —sugirió en son de burla el más pequeño.

—No bromees, amigo. Siempre hago todo lo posible para pasar rápido por esas dos Casas, por alguna razón no les caigo bien a esos dos —expresó Kiki con duda.

Saint Seita Cataclismo Gemini cloth.jpg

Cloth de Géminis. SS Anime Clásico

==Santuario de Atenea. Casa de Géminis==

La guardiana de la Casa de Géminis era un misterio incluso para sus colegas Dorados. Solo Atenea conocía su identidad y su nombre. Rara vez alguien la había visto fuera de su templo y muchos de sus colegas ni siquiera la conocían. La mayoría de ellos incluso se sorprendió al verla asistir a la Reunión Dorada.

La Amazona de Oro estaba sentada de espaldas a una columna de su templo. En silencio contemplaba su armadura ensamblada frente a ella. La apariencia de la mujer era aún más inquietante que el object de cuatro brazos que mostraba la armadura de la constelación de los gemelos.

Las ropas que usaba, lucían harapientas y rotas. Su desaliñado cabello rojo cubría casi por completo su rostro. Apenas y podía divisarse la pupila de su ojo derecho resplandeciendo en un opaco color celeste.

Esta mujer de apariencia descuidada, siempre inspiró desconfianza entre los habitantes del Santuario. Su aspecto nada agradable y su limitada capacidad de comunicación la habían aislado de los demás. Ninguno conocía su verdadera personalidad y pocos cuentan que la habían visto en batalla. La mayoría de personas en el Santuario, al verla creía que un espíritu o un muerto vivo era quien llenaba la armadura de Géminis.

—No… es… solo… ella… —murmuró la pelirroja con dificultad. Le costaba hablar correctamente y apenas podía vocalizar.

Rápidamente se puso de pies y vistió su armadura dorada. Con el casco puesto apenas y se veía su cara. La guerrera observó al vacío y oscuridad de su Casa. La expresión de sorpresa que se reflejaba en su ojo derecho, decía que se había dado cuenta de algo importante.

—Son… diez…dioses… en… total… —sentenció con temor, tras colocarse su máscara dorada.

Continuará…

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CAPÍTULO 6: ¡LA ‘ALIANZA SUPREMA’!: LAS DIEZ DEIDADES MITOLÓGICASEditar

Luna Mar de la Tranquilidad.jpg

Mar de la Tranquilidad en la Luna

==La Luna. Mar de la Tranquilidad==

El vacío del espacio exterior era el lugar perfecto para la reunión divina. Diez enormes plataformas de roca se erguían en formación de círculo alrededor del símbolo de la ‘Nueva Vida’. Aquella compleja imagen representando a un árbol, había sido tallada cuidadosamente por un poder superior en una roca ubicada en el centro.

El lugar lució muerto hasta que una de las plataformas fue iluminada por un intenso resplandor blanco. Una imponente voz masculina surgió de esta roca.

—Falta poco tiempo para la fecha señalada —declaró esa potente voz, resonando a pesar del vacío del espacio—. Espero que estén preparados para invadir la Tierra y acabar con los humanos.

Enseguida las otras nueve plataformas de roca se encendieron iluminadas en distintos colores.

—Un momento. ¿Desde cuándo te dimos la potestad de ser nuestro líder? —cuestionó desafiante otra voz masculina proveniente del monolito iluminado en rojo.

—Lo del Día Final fue mi idea en primer lugar —le increpó amenazante el de la luz blanca—. Pero aún así no estoy intentando liderarlos. Así que piensa mejor lo que dices antes de hablar... dios egipcio Ra.

Antes de que la irritable deidad egipcia albergada en la piedra encendida en rojo tuviera tiempo de decir algo, una dulce voz femenina los interrumpió.

—Deténganse, por favor. No llegaremos a ningún acuerdo si discutimos por este tipo de cosas —intervino suavemente la melodiosa voz que salía de la roca iluminada en rosado. La diosa representante de la mitología china, Nü Wa, se caracterizaba por ser la más pacífica entre los diez.

—Háganle caso a la niña china. No vine hasta aquí para escuchar discusiones estúpidas entre dioses... —añadió fastidiada la voz proveniente de la piedra negra. Justamente se trataba de Morrigan, la representante mitológica celta.

—Tú eres la que menos derecho tiene de hablar en esta reunión, Morrigan —le reclamó desde la plataforma en luz amarilla, el dios azteca Quetzalcóatl. Dijimos que no intervendríamos en la Tierra hasta el Día Final, y aún así descendiste y por poco arruinas nuestros planes.

—No me molestes, Quetzal… no se qué. Por si no lo sabías, gracias a mi intervención esa ilusa de Atenea y sus plebeyos creen que yo soy la única que amenaza a la humanidad —afirmó con arrogancia la celta—. Por tal razón no se prepararán como se debe para enfrentarnos.

—La ilusa eres tú, Morrigan. Atenea y sus Caballeros no deben ser subestimados aunque seamos diez dioses juntos. Ya lo comprobarás por ti misma…

—Y hablando de nuestros planes —añadió el dios azteca cambiando el tema de conversación—. ¿Cómo van los preparativos para la creación de la Tierra Perfecta? —inquirió a quien quiera contestar.

El dios inca alojado en la plataforma de brillo marrón tomó la palabra:

—Todo está listo por mi parte. Como les prometí en la anterior reunión, me encargué de fabricar nuestras armaduras. Las he llamado ‘Armaduras Supremas’ y les doy mi palabra de que podrían considerarse indestructibles. Mis armaduras son mucho más resistentes que las que llaman Kamui los dioses griegos, ya que fueron forjadas en las entrañas de la mismísima Pacha Mama —aseguró confiado Viracocha.

Símbolo de la Nueva Vida.jpg

Símbolo de la Nueva Vida

—¡Tonterías! —interrumpió arrogante Ra—. Con nuestro poder infinito no necesitamos de cosas superfluas como esas. ¡Una armadura estorbará mi movimiento cuando acabe con los humanos!

—No la uses si no quieres, egipcio. Pero te recomiendo que no te confíes cuando tengas que pelear contra los protectores de la Tierra —le reprendió en actitud tranquila Brahma, el dios supremo hindú, desde la roca que resplandecía en una tonalidad anaranjada—. Ya varios dioses han caído derrotados por mostrar esa insolencia que te caracteriza.

—¿Están listas ya las ‘Armas Supremas’? —preguntó el dios alojado en la plataforma blanca.

—Ciertamente —respondió enseguida una fuerte voz femenina, salida del monolito que resplandecía en plateado—. Se sorprenderán de lo destructivas que pueden ser las armas que les elaboré —concluyó segura Mielikki, la diosa finlandesa del bosque y la caza.

—Yo por mi parte, y de acuerdo a nuestros requerimientos, estoy lista para dar nacimiento a la nueva raza dominante que poblará el planeta —intervino la diosa Nü Wa—. Con esta nueva especie se acabará de una vez toda la violencia del mundo. Ya no habrá más guerras ni contaminación y todos vivirán en armonía con la naturaleza. ¡Será un paraíso perfecto en el que la paz reinará por toda la eternidad! —manifestó emocionada la deidad china.

—Para mí eso suena como un montón de sujetos aburridos… —murmuró para sí Ra. Nadie más lo escuchó.

—Sinceramente a mí no me interesa lo que les pase a los humanos o si la raza que vendrá será mejor o peor que la actual —fueron las duras palabras de Quetzalcóatl el azteca—. Lo único que me interesa, es hacer realidad el cambio de era que anuncié en mi Calendario Maya.

—He visto como están los humanos en la Tierra —comentó el neutral Brahma—. La mayoría se toma lo de tu cambio de era como una charlatanería y hasta como una broma. Y de hecho es comprensible: Después de tantas advertencias y profecías sobre el fin del mundo, casi nadie tomaría en serio lo del Calendario Maya.

—Exactamente. Por eso en este 21 de diciembre de 2012, según el calendario gregoriano de los humanos, su arrogancia será castigada por nosotros los dioses —reveló el dios azteca en tono siniestro—. Ya veremos si se toman a broma lo que estamos a punto de hacer…

Una tímida voz infantil sonó desde la edificación de piedra que centelleaba en azul.

—Las personas nos olvidaron… Al principio de los tiempos nos veneraban, pero…

La niña alojada en la roca azul tenía un poco de recelo de hablar, pero continuó con lo que tenía que decir:

—Dejaron a un lado su fe hacia nosotros. Ahora son autosuficientes y ya no nos necesitan —concluyó titubeando la diosa mitológica japonesa.

—Hasta que te animaste a hablar, Izanami —le dijo el dios egipcio en tono burlón—. Y sí, tienes toda la razón. Al desarrollar tecnologías en todos estos siglos, se volvieron independientes de nosotros. Se olvidaron de sus deidades al categorizarnos como “Seres Mitológicos”. ¡Ni siquiera somos reales para ellos! —rugió furioso Ra.

Su monolito parecía incendiarse en intensas llamas rojas mientras exclamaba:

—¡En el único que creen es en el Supremo Creador!

Los demás dioses se quedaron en silencio al presenciar la cólera de su colega. Por un momento, una porción del espacio exterior se había iluminado de carmesí.

—Parece que somos especialistas en hacer enojar a Ra —intervino socarrona Morrigan, rompiendo el tenso silencio—. Incluso una niña que casi nunca habla como Izanami pudo desatar su cólera.

—No… soy una niña —replicó tímidamente la diosa japonesa.

—Pues suenas como tal, pequeña —insistió la deidad oscura, dejando así a su interlocutora  en silencio.

—Ya no la molestes —intervino la deidad finlandesa, en tono conciliador—. Ella también es una diosa como todos nosotros y merece ser tratada como una igual. Recuerda que ninguno de los que estamos aquí es más o menos poderoso que el otro. Nuestra naturaleza cósmica es diferente, pero nuestra fuerza es igual en todos los sentidos.

—Y por cierto, Morrigan—continuó Mielikki, con cierta desconfianza—. ¿Cómo fue que pudiste descender a la Tierra? Se supone que nuestros cuerpos físicos todavía no están listos…

—No me fue difícil. Solo seguí el mismo procedimiento de los dioses griegos: Tomé un avatar humano. En este momento el cuerpo de esa chica que poseí está descansando en la Tierra. Para ser sincera no me interesa uno de esos cuerpos artificiales que la nueva está elaborando. Me quedaré con el avatar que tengo en la Tierra. Además me gusta como se ve —alegó pretenciosa la malvada céltica.

—¿Estás segura de eso? Los cuerpos que “la nueva”, como tú la llamas; está elaborando nos serán de gran ayuda durante la invasión a la Tierra —intervino Viracocha, intentando convencer a su compañera—. Además, sin duda serán cuerpos dignos de portar nuestras almas divinas.

—Es interesante que un amante de la vida natural como tú esté interesado en usar un cuerpo creado artificialmente —declaró implacable la dama oscura, callando al dios andino.

—Veo que nuestra compañera no está contenta con los cuerpos que nos elaboraste. Será mejor que defiendas tus creaciones. Yggdrasil, diosa nórdica —le sugirió la entidad azteca a la deidad femenina alojada en la plataforma que emanaba un brillo verde claro. La diosa no había dicho una sola palabra en toda la reunión. Todos expectantes esperaron una declaración del espíritu verde, pero este no emitió ni un solo sonido.

—Creo que no te contestará, Quetzalcóatl —aventuró el de la roca blanca—. La transición que tuvo el Yggdrasil para convertirse en una diosa todavía está teniendo lugar. Ella aún no posee voluntad propia, ni capacidad de razón. A decir verdad, conseguimos que fabrique nuestros cuerpos manipulando la naturaleza de su cosmos.

El Árbol de la Vida, el Yggdrasil de la mitología nórdica, estaba tomando la forma de una nueva diosa para unirse a la purificación de la Tierra. La transición de un ser inanimado a un ser con pensamientos independientes, tardaría algunos días todavía. Aun los dioses se preguntaban por qué el Yggdrasil, al ser la fuente universal de vida, había decidido unírseles.

—¿Cómo es que sabes tanto de la chica árbol? —le preguntó Ra suspicaz al dios en el monolito resplandeciendo en blanco.

—Lo sé porque cuando despertó su voluntad por un fugaz instante, ella misma fue la que me dijo que quería ser parte de la Alianza Suprema en lugar de cualquier otra deidad nórdica —respondió el aludido con incomodidad—. Solo accedí a su voluntad por conveniencia para todos nosotros. Es una gran ventaja que la tengamos de nuestra parte.

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Formación monolítica de Stonehenge. Alusión a la reunión de dioses de la Alianza Suprema

Su explicación no satisfizo a ninguno de los dioses presentes. Sin embargo, ninguno dijo nada. Pese a que todos eran tratados como iguales, nadie se atrevía a desafiar al dios que de una u otra forma comandaba al grupo.

—Júpiter… Así te haces llamar ¿cierto? —lo llamó Mielikki.

—Así es. No me hagas repetirte que soy el dios supremo romano —retó la deidad de forma espiritual blanca.

—Me es un poco confuso decirte Júpiter y no Zeus… —añadió la diosa finlandesa—. No creo que un cambio de nombre sea suficiente para que aceptes la derrota que sufriste ante Atenea y sus Caballeros.

Aquella severa declaración sorprendió a los demás dioses, quienes esperaban la peor reacción de Júpiter.

—¡No me vuelvas a llamar con ese nombre! —bramó desde el brillo albo de su roca. La luna entera se estremeció con la potencia de su atronadora voz—. ¡Zeus era el nombre con el que se llenaba la boca mi avatar en la Tierra! ¡Ya no me considero más un dios griego! ¡Así que llámame Júpiter, todopoderoso dios de los dioses romanos! —insistió iracundo, mientras feroces relámpagos blancos chispeaban desde su plataforma de piedra.

—Cálmate ya Júpiter. Y ten cuidado de cómo le hablas a una diosa que es igual de poderosa que tú. No querrás que nosotros también nos enojemos… —amenazó Morrigan en defensa de su compañera finlandesa.

Júpiter calmó sus ímpetus, pero la tensión se hacía cada vez menos soportable entre los dioses. Izanami dentro de su refugio azul, se desesperaba al no poder hacer nada por cambiar la situación y justo cuando se disponía a expresar unas palabras conciliadoras, Nü Wa rompió el ambiente incómodo como si nada hubiera pasado.

—De cualquier forma. No es tiempo de discutir por cosas intrascendentes. Ahora mismo deberíamos poner en marcha la construcción de nuestra Maravilla Suprema —sugirió la diosa china con premura, calmando así la hostilidad que estaba reinando.

—Es una buena idea, compañera —la secundó Brahma, el supremo hindú—. Ahora mismo me pondré en la tarea de crear un recinto sagrado digno de nosotros.

Tras su declaración, el dios dejó el lugar de la reunión y tomando la forma de una esfera de luz anaranjada, descendió a la Tierra.

Continuará…

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CAPÍTULO 7: ¡EL INESPERADO INICIO DE LA BATALLA!: EL VENENO DEL ESCORPIÓNEditar

La reunión de la ‘Alianza Suprema’ terminó de manera no oficial cuando el espíritu de Brahma dejó el Mar de la Tranquilidad en la Luna. Los otros ocho dioses también descendieron a la Tierra en forma de espíritus de sus colores respectivos. Habían acordado hacer un reconocimiento rápido del planeta, mientras el dios hindú construía la llamada Maravilla Suprema e Yggdrasil terminaba la elaboración de sus cuerpos.

           

==Clare. Irlanda. Castillo de Bunratty==

En el centro de una plataforma de piedra descansaba el humano cuerpo de Morrigan. Una pequeña esfera de luz negra ingresó a este avatar femenino a través de su pecho.

Los intensos ojos grana de la mujer enseguida se abrieron, acentuando el semblante de arrogancia que se divisó en su rostro.

—«Como si fuera a esperar más días para empezar a divertirme —reflexionó con malicia la diosa de negra cabellera, levantándose de su lecho de roca—. Es hora de que les dé un regalito a Atenea y sus Caballeros».

==Santuario de Atenea ==

Durante un corto instante, el terreno se sacudió en todo el recinto griego.

Desde la Cámara del Patriarca, Saori observó con horror como se partía el monumento dedicado a los Caballeros de Oro Legendarios. Una gran polvareda resultó de su colapso.

—Ha comenzado… Morrigan no nos piensa dar ni un minuto de tregua —se dijo Atenea a sí misma con un hilo de voz, apretando los puños en señal de frustración.

Un resplandor dorado fulgió desde la Casa de Escorpión. Su guardiana, Kyrie la Guerrera Dorada, bajó a toda carrera al lugar del incidente siendo la primera en llegar a investigar.

El polvo que flotaba en el aire le dificultaba la visión. Lo único que podía vislumbrar era un montón de escombros tras la densa nube de tierra, pero aunque no pudo sentir ningún tipo de cosmos, no desistió su intento por encontrar a quien había profanado el Santuario de su diosa.

—¡Así que regresaste, diosa celta de la muerte! ¡Esta vez no te será tan fácil detenerme! —amenazó la enmascarada Guerrera de cabellera rubia, sin recibir ninguna respuesta—. ¡Te haré pagar por destruir este lugar sagrado!!

El silencio en la escena se volvió perturbador. No había rastros de ningún enemigo, ni tampoco de ningún amigo. El orgullo característico de los Santos de Oro no les permitiría intervenir en una posible batalla de su compañera.

De pronto, una sombra surcó corriendo la pila de escombros, camuflada por la nube de polvo.

De la nada emergió un fino haz de luz negra que se clavó directamente en el muslo de una incrédula Kyrie, quien al sentir un dolor tan agudo, se vio obligada a caer de rodillas. A pesar del extremo sufrimiento, se las arregló para ahogar su impulso de gritar.

—Vaya, vaya… Así que esta es la nueva orden de Caballeros de Oro de Atenea —declaró irónico el atacante, todavía oculto—. Será divertido probar la resistencia del actual Escorpión Dorado.

La voz del enemigo claramente pertenecía a un hombre, pero Kyrie no tenía idea de a quién podría estar enfrentando.

Mostrando gran valor y determinación, superó el dolor de la sofocante herida y se reincorporó alzando la guardia.

—¡Sal y pelea como un hombre! ¡Si quieres probar lo que valgo como Guerrera de Atenea estoy más que lista! —retó enérgica Escorpión, al tiempo que elevaba su cosmos. Sus cabellos rubios ondeaban suavemente, mientras una delicada aura dorada bañaba su cuerpo.

La velocidad del atacante era increíble, la muchacha apenas y podía seguir sus movimientos con la vista. Solo podía identificarlo como una sombra negra desplazándose vertiginosamente.

Ni siquiera notó que ya lo tenía a sus espaldas y que la había aprisionado por el cuello rodeándola con su brazo.

—Eres débil, Amazona —le susurró al oído, presionándole más la garganta con el guantelete que cubría su antebrazo—. No entiendo por qué vistes esa armadura de oro, ya que no siento que tu cosmos haya alcanzado siquiera el Séptimo Sentido.

Una gota de sudor frío recorrió la frente de la joven al sentir que un objeto punzante hacía presión en su yugular. Aquella sensación consiguió aterrarla.

—No eres digna de vestir esa armadura —agregó con frialdad el invasor—. Muere de una vez…

Kyrie reaccionó, y quitando todo miedo e inseguridad de su mente, le propinó a su captor un terrible codazo en el abdomen. El embate fue tan potente, que logró proyectarlo directamente hacia una columna en la que terminó su trayectoria con un violento choque, tras el cual cayó de bruces contra el piso de mármol.

—Te lo repetiré… ¡Soy una Amazona de Atenea y peleo por la justicia! ¡No te va a ser nada fácil matarme! ¡Maldito…!

Scorpio by anheitianm-d54ezmo jpeg.jpg

Milo de Escorpión, Armadura Negra: Arte por Kenuma. Colorización de anheitianm en deviantart

La muchacha de Escorpión se interrumpió en su discurso. No podía creer lo que estaba viendo, así que en señal de sorpresa se quitó la máscara por inercia al reconocer a su atacante, quien se estaba reincorporando tambaleándose.

—¡No! ¡No puedes ser tú! —exclamó la joven, entre lágrimas de incredulidad—. ¡Todos menos tú!

Como una imagen salida de sus pesadillas, ante ella se encontraba… ¡Milo, el legendario Caballero de Escorpión! ¡Y vestía una armadura negra de su constelación!

Ella vio con incredulidad como el hombre a quien más admiraba, su modelo de vida e inspiración caminaba nuevamente entre los vivos. A juzgar por su actitud y su ropaje negro, la muchacha supuso que su antecesor regresó como sirviente del mal.

—Debiste quedarte quieta y dejar que te clave mi uña envenenada en el cuello. Tu muerte habría sido rápida —replicó Milo en actitud maliciosa—. ¡Pero ahora haré que sufras en las manos del verdadero Escorpión Dorado!

El garfio saliente del dedo índice derecho del antecesor de Escorpión resplandeció en un negro intenso, al tiempo que el antaño Santo exclamaba:

—¡‘Aguja Azabache’!!

Kyrie seguía sumergida en el shock del reciente impacto psicológico. Ni siquiera vio venir los cinco rayos negros que se clavaron en las partes que desprotegía su armadura dorada. Apenas y pudo reaccionar cuando sintió que los embates de los aguijones la impulsaron con fuerza hacía atrás.

Mientras caía de espaldas en tierra, el insoportable dolor la despertó de su trance.

—Milo… Mi apreciado Milo —balbuceó observando al cielo con lágrimas en los ojos—. ¡El dolor que me producen tus agujas no es nada comparado con la tristeza que siento en mi corazón! —rugió furiosa desde el piso, observando a su antecesor acercándosele confiado.

En un parpadeo ella obtuvo el Séptimo Sentido y a la velocidad de la luz consiguió asestar una terrible patada en el costado de la cabeza de su oponente. El casco de la armadura negra de Escorpión quedó hecho trizas.

Milo fue derribado por tan poderosa arremetida, mientras las dolorosas heridas de la Guerrera sangraban profusamente como resultado del esfuerzo. Kyrie observaba iracunda al Santo Negro, quien se esforzaba por levantarse.

La respiración agitada y el flujo incontenible de lágrimas hacían evidente el descontrol de la chica.

—Eres fuerte… Lo admito, Amazona, pero todavía te hace falta madurar como protectora de Atenea. Esos sentimientos impulsivos serán los que te traicionen en la batalla contra un enemigo más fuerte que yo —le dijo el hombre de cabellera azulada, más como consejo que como desafío.

Un nudo en la garganta de la joven no le permitió responder.

—¿Cómo fue que obtuviste mi armadura de Escorpión?... Imagino que Atenea te la regaló porque estaba desesperada por tener otra vez doce Caballeros de Oro juntos —se respondió malintencionadamente él mismo.

—¡Te equivocas! —le corrigió enojada—. ¡Fue la misma armadura de Escorpión la que me escogió como su portadora!

—Me es difícil creerte, niña —dudó el Caballero en armadura negra, reincorporándose y encarando a su contrincante.

—Mi nombre es Kyrie… Kyrie de Escorpión. Soy la orgullosa Guerrera Dorada que…

La chica se quedó en silencio al sentir que su armadura empezó a resonar.

—Creo que ya es hora de que el verdadero Escorpión Dorado recupere el lugar que le pertenece… —declaró confiado él, para luego despojarse de la armadura negra de su constelación, ante la mirada de intriga de su sucesora.

La armadura dorada de Escorpión abandonó el cuerpo de su portadora original y vistió enseguida a Milo. Kyrie simplemente no podía creerlo.

Su cuerpo se veía tan frágil y vulnerable sin la protección del ropaje dorado, mientras que, por su parte Milo lucía más poderoso que nunca, haciendo alarde de una imponente aura dorada digna de los Santos de la orden más importante de Atenea. La cloth parecía resplandecer más que cuando Kyrie la vestía.

Ante ella se presentaba la figura que siempre admiró. El legendario Milo de Escorpión, a quien conoció solo a través de leyendas y relatos del Santuario, en ese momento se encontraba a pocos pasos de ella, así que no pudo evitar sentirse insignificante a su lado.

—No sé por qué estoy vivo nuevamente. Tampoco sé quien me revivió y por qué vestía esa armadura negra —declaró el Caballero, a la vez que su uña resplandecía en la acostumbrada tonalidad roja—. ¡Yo solo sé que debo comprobar si mi sucesora es digna de vestir mi armadura! —la desafió amenazante, clavándole su penetrante mirada azul.

Esos ojos llenos de decisión consiguieron estremecer hasta el último rincón del cuerpo de la joven, quien en ese momento se veía sumamente impresionada, pero tras superar el impacto de encontrarse con su antecesor en toda su gloria, una ligera sonrisa se dibujó en su rostro, dándose cuenta de la situación real.

—Entonces no le has vendido tu alma a la maldad de la diosa Morrigan —dictaminó, ya más segura de sí misma.

—No conozco a ninguna Morrigan —afirmó certero el entonces Santo de Oro—. Mi corazón y mi lealtad han estado siempre con Atenea. Aun después de la muerte.

—¡Siendo así, te demostraré de lo que es capaz una mujer que también lucha por la justicia!

El Séptimo Sentido emanaba de cada poro de Kyrie. Su larga cabellera dorada se elevó junto con varias piedras y escombros del lugar, mientras sus ojos azules resplandecían desbordando convicción.

Milo la contempló asombrado y también se puso en la tarea de encender su poder cósmico.

—¡Atácame con toda tu fuerza, Guerrera Dorada de Escorpión!

—¡‘Aguja Escarlata’! —exclamó la Amazona con autoridad.

La evocación del nombre de la técnica fue acompañada por el resplandecer rojo de las diez uñas de las manos de la joven sin armadura, quien al extender ambos brazos, lanzó diez aguijones rojos de un solo golpe. Su adversario observó complacido como se le acercaban los delgados rayos.

—«Increíble. Sin duda no fue coincidencia el hecho de que la misma armadura la haya aceptado como su nueva portadora» —reflexionó él en la transición con el impacto.

La energía cósmica del Dorado se había concentrado un su mano derecha.

—¡Excelente, Kyrie! ¡Pero diez agujas no serán suficientes para superar esto!

Milo llenó sus pulmones de aire para gritar el nombre de su técnica clásica:

—¡‘Aguja Escarlata’!!

Ocho agujas rojas fueron disparadas simultáneamente y pasaron de largo las diez de Kyrie, quien recibió de lleno los agudos pinchazos. Por su parte los aguijones de la joven parecieron impactar en su objetivo, pero en lugar de esto, pareció ser que lo pasaron de largo, atravesándolo cual seres fantasmagóricos, para chocar y posteriormente agujerear una pared detrás de éste.

Kyrie permaneció de pies, luchando por soportar el intenso y angustioso dolor. En cambio el hombre en cloth dorada se mantenía ileso y muy confiado se acercó a su contendiente, caminando lentamente hacia ella.

—Jamás… en mi vida había… sentido tanto dolor… —farfulló la muchacha, esforzándose por conservar la cordura.

—Eres la primera persona con quien utilizo mi técnica conocida como ‘Aguja Azabache’ —empezó a explicarle pausadamente el Caballero en armadura—. Los primeros seis aguijones negros que te clavé, contenían un veneno mejorado del escorpión. Esta ponzoña negra multiplica el dolor de las agujas escarlata por el mismo número de agujas negras recibidas. Ahora mismo debes estar sintiendo un dolor seis veces superior a cualquier otra persona que haya recibido mi ken.

—¡Me es indiferente este sufrimiento! —exclamó la muchacha más con frustración que con coraje—. ¡Yo seré quien venza al final!

Cargando en su mano derecha una gran cantidad de cosmos dorado, la Amazona lanzó un potente puñetazo. Sin embargo, Milo la detuvo tomándola de la muñeca para luego levantarle el brazo hasta tenerla cara a cara.

—¡Basta ya, Kyrie! —le regañó implacable—. ¡El combate terminó! ¡Te advertí que ese tipo de impulsos no te servirían en un combate real!

—¡No me he rendido ante ti todavía, Milo! —aseguró la doncella, aún forcejeando por soltarse—. ¡Les probaré a todos que merezco ser tu sucesora!!

—Lo siento… pero ha llegado la hora de que recibas el golpe final del escorpión —susurró con un tono más calmado el Santo.

Haciendo a un lado con su mano libre el mechón de cabello rubio que tapaba el rostro de su oponente, el Escorpión Dorado susurró:

—Antares…

Nada pudo hacer ella para evitar que su corazón sea atravesado. Lo último recordó antes de desvanecerse, fue la imagen del rostro de Milo regalándole una sonrisa, tal como siempre se lo había imaginado…

Continuará… 

kaze-no-seinto (discusión) 17:26 30 jun 2013 (UTC)

CAPÍTULO 8: ¡LA MARAVILLA SUPREMA!: NACE EL ESCENARIO DE LA ÚLTIMA BATALLAEditar

El mundo entero fue impactado por el suceso sin precedentes que acaecía en Grecia. Los noticiarios en varios idiomas mostraban con temor las imágenes de aquel fenómeno inédito.

Ninguna persona se explicaba lo que ocurría. Esa gigantesca superficie de tierra había descendido desde el cielo apartando las nubes, para mantenerse flotando sobre el Santuario de Atenea. Era increíble siquiera concebir que una isla desierta había nacido desde las alturas, amenazando con impactar aquel lugar histórico en cualquier momento. El objeto cubría un área mucho mayor que la del recinto de la diosa, y escapando a toda lógica y a las leyes físicas, permaneció estático en el aire.

Casi tan perturbador para todos fue observar como una luz anaranjada volaba inquieta cerca del lugar. La mayoría la identificaba como un ángel, un ovni o un fantasma. Los más creyentes atribuían el fenómeno a una señal divina del fin del mundo anunciado en la profecía maya. Y en realidad no estaban lejos de la verdad, ya que apenas faltaban un par de días para el acontecimiento.

—Muy bien. Ya tengo la superficie lista anunció Brahma para sí, surcando veloz el cielo en su forma espiritual—. Ahora daré nacimiento a las Nuevas Diez Maravillas del Mundo.

El gran pedazo de tierra se sacudió con violencia, para luego encenderse en una intensa tonalidad anaranjada. Fragmentos empezaron a caer sobre los pocos habitantes sobrevivientes del Santuario, quienes observaban impotentes la escena, esperando lo peor.

Foto el santuario en el cielo.jpg

Carta: "The Sanctuary in the Sky" Alusión al nacimiento de la Maravilla Suprema.

Diez magníficas edificaciones surgieron del lugar. Su belleza mostraba la conjunción de varias culturas del mundo reunidas en una sola fortaleza. Por primera vez la humanidad podía ver juntas, por ejemplo, a una pirámide egipcia con un castillo celta y un palacio hindú. La majestuosidad y hermosura del lugar dejó boquiabiertos a los guerreros que lo observaban desde el Santuario de Atenea, el cual se veía humilde y pequeño en comparación con la imponente Maravilla Suprema. Lo más impactante para muchos fue ver que los edificios se encontraban de cabeza, ubicados paralelamente a la morada de la diosa protectora de la Tierra. A unos tantos incluso les dio la impresión de que las colosales estructuras colapsarían en cualquier momento sobre ellos.

—Seguramente me creerán un pretencioso por construir nuestra morada sagrada sobre la de Atenea —supuso la luz anaranjada, vigilando el nacimiento de la Maravilla—. Pero todo tiene su razón de ser...

Sin que Brahma tuviera la intención de hacerlo, consiguió humillar las creaciones humanas de milenios de antigüedad. Lo que pudo hacer un dios en tan solo unos minutos, lucía mucho más impresionante que lo que pudieron hacer los humanos en toda su historia. Era sublime, además, contemplar el nacimiento de vida natural en medio de los edificios. Plantas, bosques, flores y demás nacían a velocidad vertiginosa para adornar el lugar.

La luz solar ya no llegaba al Santuario de Atenea, no obstante, el resplandor divino de la Maravilla Suprema era suficiente para alumbrar lo que estaba debajo de ella.

==Santuario de Atenea. Límites Exteriores==

Faltaban pocas horas para que termine el 19 de diciembre de 2012. Un cielo anaranjado acompañaba al astro rey, el cual se escondía sin prisa tras el horizonte marino.

Sentado a orillas de un risco, Milo observaba con tranquilo semblante el bello crepúsculo vespertino.

—«Quizás esta sea la última vez que vea al sol ocultarse» —reflexionó con nostalgia.

El guerrero alzó la mirada para contemplar la fortaleza recién creada por la deidad hindú. Por un momento se sintió pequeño ante la apariencia imponente de aquel lugar.

—¡Rayos! ¡Si tan solo supiera lo que está ocurriendo en el mundo en este momento!

Al bajar la vista, sus ojos se posaron en la figura de Kyrie. La muchacha parecía dormir tranquilamente apoyada contra una roca cercana. Su apacible y hermoso rostro consiguió devolverle la paz al legendario Escorpión.

—Discúlpame por presionarte para que pelees en serio, Kyrie —le dijo a la inconsciente chica rubia con una suave voz.

Abatido, el antaño Santo se acomodó delicadamente al lado de su sucesora de oro.

—Eres fuerte. Más de lo que imaginas. Incluso tu técnica de ‘Aguja Escarlata’ fue superior a la mía —admitió, centrando su atención en la sangre que escapaba por debajo de la armadura dorada que vestía—. Ingenuamente creí que tus agujas habían pasado de largo, pero de alguna forma te las arreglaste para que los piquetes del escorpión ignoren la armadura de la víctima, para penetrar directamente en su piel y hacer más devastador su efecto.

El dolor de las diez heridas escondidas que tenía debajo del traje dorado de Escorpión, había hecho difícil que pueda moverse con libertad. Para él fue todo un martirio alejarse del lugar donde, en lugar de ejecutar a la chica, detuvo el efecto del veneno negro en su cuerpo, tras decirle que la mataría con Antares.

—Tú venciste, Guerrera. Admito mi derrota como un hombre. ¡Me diste una de las mejores batallas de mi vida! ¡Sin duda eres mi digna sucesora!

Kyrie habría estado muy feliz de escuchar esas palabras del hombre que admiraba con todas sus fuerzas, pero el cansancio y las heridas de la batalla la mantuvieron inconsciente.

Milo recordó que había traído consigo la máscara dorada de Kyrie, así que presuroso se dispuso a colocársela en el rostro. Él sabía que las reglas del Santuario no permitían que sus Amazonas muestren libremente la cara.

Justo cuando estaba a unos pocos centímetros de cubrirle la faz, se detuvo por un instante.

—Me pregunto si fui yo el primer hombre que te vio sin máscara —se cuestionó sonriendo—. Tendría mucha suerte si una mujer tan valiente y hermosa como tú llegara a amarme —le confesó, observándola con ternura.

Milo había sido cautivado por la belleza y tenacidad de su sucesora.

El Caballero tomó la máscara nuevamente y la acercó a su cuerpo. Con la ayuda del garfio carmesí que sobresalía de su dedo, escribió algo a la altura de la mejilla derecha de la careta. Luego le cubrió el rostro con delicadeza.

—Cuida de Atenea y de la humanidad… Amazona Dorada de Escorpión —le encomendó en actitud solemne a la durmiente chica. Luego se despojó de la armadura dorada, para vestir nuevamente el ropaje negro de su constelación.

—«Aún debo averiguar por qué estoy vivo, y creo que la respuesta la encontraré en ese santuario flotante».

==Maravilla Suprema. Templo Sagrado Inca==

La totalidad del terreno invertido había sido dividida en diez zonas por Brahma. A cada dios le correspondía una buena cantidad de hectáreas de territorio que protegerían celosamente, al igual que cada uno de sus templos denominados como Maravillas.

La noche había caído en Grecia, pero el recinto divino de las diez deidades se mantenía iluminado con una luz del día perpetua. En las afueras de un soberbio templo adornado con decoraciones autóctonas incas, estaba un hombre observando con curiosidad hacia arriba. Para él nuestra tierra era el equivalente al cielo.

—Apenas y puedo ver movimiento en el Santuario de Atenea. Sin duda el que se encuentren a tantos cientos de metros de altura es un gran inconveniente —comentó, esforzándose por inspeccionar más—. Pero qué estoy diciendo —se corrigió—, somos nosotros quienes estamos de cabeza.

El cuerpo físico de Viracocha lucía como el de un hombre fuerte y joven de ojos negros y frondosa melena verde cayendo sobre unos esbeltos hombros. La piel broncina del dios parecía haber sido curtida años por el sol, dándole un porte solemne que se complementaba perfectamente con la constitución gruesa que le otorgaba su envidiable musculatura y sobrehumana estatura.

—«Es una lástima que la vida de los humanos tenga que terminar así, pero su destino ha sido definido. La mayoría de ustedes se pasó estos últimos siglos viviendo con egoísmo y quemimportismo por la Tierra y la naturaleza» —reflexionó la deidad precolombina con la mirada perdida en el paisaje que rodeaba su templo.

El territorio que rodeaba a la Maravilla Inca consistía en una gran extensión de páramos, prados y terrenos montañosos sembrados de plantaciones agrícolas. El ambiente imitaba perfectamente al existente en la cordillera de los Andes: la poderosa serranía sudamericana.

Mientras se encontraba distraído en sus cavilaciones, alguien lo devolvió a la realidad con sus palabras.

—Viracocha, el supremo inca —lo llamó la recién llegada—. Me imagino que no te gustó el cuerpo que te elaboró Yggdrasil. Veo el descontento en tu rostro.

—Mielikki... ¿Eres tú, verdad? —le respondió el hombretón, escrutándola con la mirada de pies a cabeza—. Es la primera vez que tengo el honor de verte con un cuerpo físico.

La diosa finlandesa lucía un precioso cabello dorado que resaltaba la gran belleza de sus facciones. Su delicada figura habría hecho pensar a cualquiera que se trataba de una mortal sin poder.

No obstante, lo que más impresionaba de su apariencia, era su brillante mirada turquesa capaz de cautivar a cualquiera. Incluso el mismo Viracocha se estremeció cuando la miró directamente a los ojos.

—Me reconociste por mi voz, supongo. No creí que la nórdica me daría un cuerpo tan débil en apariencia —comentó, observando con expresión de fastidio sus delicados brazos.

—Quizás ella creyó que no debes ser tan dura y estricta, ¿no crees?  —le insinuó el inca con una sonrisa amable—. Aunque seas la diosa de la caza, no tienes por qué aparentar siempre tanta seriedad y andar por allí con el ceño fruncido. Se te arrugará el rostro —concluyó el dios de melena verde, riendo divertido.

—No bromees, Viracocha. Solo venía a decirte que debemos ir a...

La finlandesa detuvo la plática al ver que a lo lejos, justo en el punto central de la Maravilla Suprema, una enorme plataforma de roca circular se elevó hasta quedar suspendida en el aire. Esta roca era visible desde toda la fortaleza divina.

—¿Qué será eso? —inquirió la diosa con extrañeza—. Supongo que será otra de las ocurrencias de Brahma.

—Te equivocas, Mielikki. Es obra de Quetzalcóatl. Observa bien esa piedra —le sugirió él, apuntándole el objeto con el dedo.

Era el Calendario Maya lo que se erguía ante ellos…

El inconfundible diseño de las decoraciones mesoamericanas en aquella roca circular, se le antojaron perturbadoras a la diosa que contemplaba tal arte por primera vez.

—No me gusta nada esa piedra... Le pediré al azteca que la retire de la Maravilla.

—Espera, Mielikki. Algo ocurre con en ese calendario —anunció confundido Viracocha.

Y en efecto, diez luces de diferentes colores se encendieron en torno al radio exterior de la monumental mole redonda.

—Empiezo a entender... Esta vez el Calendario Maya no marcará el tiempo que falta para el final de los humanos. Esos resplandores en la roca representan nuestras propias vidas —dedujo la diosa, con cierto dejo de preocupación—. Cuando la existencia de cada uno de nosotros se extinga, la luz de nuestro respectivo color se apagará.

—Blanco para Júpiter, azul para Izanami, rojo para Ra, naranja para Brahma, verde para Yggdrasil, rosa para Nü Wa, negro para Morrigan. El plateado representa tu vida, el marrón la mía y el amarillo la del mismo Quetzalcóatl —adivinó el dios inca.

—Sin duda el azteca sabe que podríamos fracasar ante los protectores de la Tierra, los Caballeros de Atenea... —agregó algo consternada la deidad de cabellera dorada.

—Así es, por eso no entiendo el porqué de la actitud de confianza de Morrigan —declaró preocupado su interlocutor—. Si cualquiera de nosotros se descuida, acabaremos al igual que los dioses griegos que los enfrentaron antes…

Continuará…

kaze-no-seinto (discusión) 17:26 30 jun 2013 (UTC)


CAPÍTULO 9: ¡DETERMINACIÓN HUMANA! EL ASCENSO DE ATENEA Y SUS CABALLEROSEditar

==Santuario de Atenea. Monumento a Atenea==

Habían pasado unas cuantas horas desde el nacimiento de la Maravilla Suprema sobre el Santuario de Atenea.

En el espacio entre ambos recintos, el Calendario Maya encendido en diez colores era claramente visible para los aliados y antagonistas de la humanidad.

—No tenemos más opción que invadir esa fortaleza —declaró preocupada Saori, sin quitarle la vista a la roca circular. Su Kamui era bañado por los destellos divinos que se desprendían de aquel santuario invertido—. Sin duda esta es una demostración del gran poder del enemigo. Incluso un objeto inanimado como ese es capaz de emanar un cosmos propio...

Atenea y sus Caballeros Dorados se encontraban listos y dispuestos para ascender a la Maravilla e invadir los diez templos de los dioses. Sin embargo, no todos los compañeros de oro estaban presentes.

—¿Cómo te fue, Eleison? ¿Encontraste a tu hermana en la Casa de Escorpión? —le preguntó Kiki con expectativa al recién llegado Santo de Capricornio.

Con evidente desasosiego, el rubio ojiazul negó con la cabeza.

—La busqué en las Doce Casas y en el Monumento a los Caballeros de Oro Legendarios recién destruido, pero no hay rastro de ella. Justamente fue en ese lugar donde dejé de sentir su cosmos cuando estaba enfrentándose con un enemigo igual de fuerte que ella.

Las facciones normalmente suaves y tranquilas del Caballero Dorado se vieron ligeramente deformadas por la ira, mientras se reprendía a sí mismo:

—¡Demonios! ¡Debí dejar a un lado el orgullo y acudir enseguida para ayudarla!

—Tranquilízate, Eleison. No eres el único que está preocupado —le comunicó el pequeño Aldebarán—. Tampoco podemos encontrar a la Amazona Dorada de Géminis.

La esquiva mujer había desaparecido junto con su armadura, justo después de que la Maravilla Suprema fue creada.

—Sé que talvez están pensado que una Guerrera misteriosa como la de Géminis nos traicionaría, pero les puedo asegurar que no es así —afirmó Atenea con un tono convincente—. Sin duda se nos adelantó y ascendió primero al santuario en el cielo.

—¡Entonces qué esperamos, amigos! —exclamó emocionado el impulsivo Seiya, extendiendo las alas de su armadura dorada de Sagitario—. ¡Vamos a apoyar a nuestra compañera de armas!

—Espera amigo —lo atajó Shun con premura—. Primero tenemos que planear bien las cosas antes de intentar llegar hasta la morada de los dioses.

—Hay algo raro en todo esto —intervino el Caballero de Cáncer con su habitual agudeza. El Santo había notado algo importante—. Nos sería relativamente fácil ascender a ese lugar con la ayuda de nuestro cosmos, pero no creo que un dios sea tan descuidado como para dejar su santuario así de desprotegido. Debe existir una trampa invisible a nuestros ojos.

Todos se quedaron en silencio por un momento tras la intervención de Sombra Mortal. Sabían que subir a ese lugar constituía un gran riesgo y ninguno se aventuraba a dar una solución viable.

Mientras Atenea seguía sumida en sus reflexiones, una sensación familiar la distrajo. De reojo consiguió vislumbrar varios hilos de cabello rubio pasando junto a ella. Al voltearse para ver de quien se trataba, solo pudo percibir los residuos del cosmos de alguien que conocía muy bien.

—¿Shaka? —murmuró sorprendida la diosa.

Saori enmudeció al ver cuatro pétalos de cerezo posándose en las palmas abiertas de sus manos. Letras de sangre estaban escritas en ellos. Al leerlas, la diosa enseguida supo lo que necesitaban para ascender a la Maravilla Suprema.

—Arayashiki…

==Santuario de Atenea. Límites Exteriores==

La cabeza le daba vueltas y tenía el estómago revuelto. Kyrie de Escorpión se esforzaba por caminar apoyándose contra una pared de roca, mientras un dolor agudo la atormentaba en catorce diferentes puntos de su cuerpo. Ni ella misma supo de dónde sacó fuerzas para vestir nuevamente su armadura dorada, que en ese momento le pesaba mucho más que de costumbre y además le entorpecía el movimiento.

—«Atenea, hermano, Milo… No me voy a rendir. ¡Se los juro!» —se auto convenció, en un intento por infundirse el valor para continuar.

—¡Kyrie! —la llamó una preocupada voz a sus espaldas.

—¡Hermano! —reaccionó la muchacha, quien al encontrarse con Eleison, no soportó más y se dejó caer en sus brazos.

El joven rubio estaba consternado al ver a su hermana en un estado tan deplorable.

—¡Resiste, Kyrie! Te llevaré hasta las barracas para atender tus heridas —quiso reconfortarla Capricornio, para luego levantarla y recostarla entre sus brazos—. Te vas a poner bien, ya lo verás —le aseguró, mirándola con una sonrisa.

Eleison disfrazaba bien el dolor que sentía al ver a su hermana en esas condiciones. Su inalterable rostro sonriente era su equivalente a las máscaras que cubrían la cara de las Amazonas del Santuario.

—No hay tiempo para eso, hermano. Llévame con Atenea, por favor —le rogó ansiosa la enmascarada—. Sé que piensan ascender a ese santuario en el cielo y no me puedo quedar atrás.

El joven no le puso atención a esas últimas palabras de su hermana menor. Algo diferente en ella lo distrajo.

—¿Qué es eso que tienes escrito en la mejilla de tu máscara?

Con curiosidad, la chica se quitó la careta metálica y observó lo que Milo escribió en ella mientras se encontraba inconsciente. Lágrimas de emoción invadieron sus ojos al leer aquella única palabra grabada en resplandeciente rojo.

—«Esperanza».

Templo del sol machu picchu.jpg

Templo del Sol: Machu Picchu. Referencia al territorio de Viracocha.

==Maravilla Suprema. Templo Sagrado Inca==

Los dioses Mielikki y Viracocha caminaban tranquilamente a través de una plantación de maíz sembrada en terreno andino. La diosa observaba con curiosidad la aglomeración de plantas que la rodeaban.

—Son hermosas, ¿verdad? —comentó el hombretón de cabellera verde, interrumpiendo el pacífico silencio—. Mi pueblo aborigen se alimentó por siglos con este grano. El maíz era su fuente de vida y por eso lo veneraban tanto —añadió sonriendo.

La diosa puso toda su atención en la figura de su colega. Se le hacía difícil pensar que alguien con una apariencia tosca, fuera tan sensible en el fondo.

—¿Siempre eres así, Viracocha? Un gigante como tú debería comportarse de una forma más severa. Más digna de un dios —le reprendió con cierto fastidio—. Además, no entiendo cómo alguien tan bueno como tú está aliado con nosotros para destruir a los humanos —agregó engreída, retirándole la mirada.

La deidad inca se quedó en silencio por unos instantes, simplemente no tenía la certeza para responder. Para él, decir que acabaría con los humanos para proteger la vida de plantas y animales, solo era una excusa patética para justificar el futuro genocidio.

—Mielikki… ¿Por qué estás en mi territorio? —interrogó el andino con un tono sombrío, con el objetivo de cambiar el tema. El contraste de actitud tan repentino sin duda le extrañó a su interlocutora.

—Casi lo olvido. Vine para decirte que las demás deidades nos encargaron el cuidado de la nueva diosa, Yggdrasil. Debemos vigilar su desarrollo hasta que cuente con voluntad propia y pueda arreglárselas por sí misma. 

Viracocha ni siquiera le puso atención y sin decir una palabra, tomó una mazorca madura y se puso en la tarea de retirar las hojas que la envolvían.

—¿Me estás escuchando, supremo inca? —inquirió impaciente la diosa, clavándole su implacable mirada turquesa.

—Este lugar me trae bastante nostalgia, ¿sabes? Me hace querer regresar a esos tiempos ancestrales, en los que el ser humano sí respetaba su entorno —comentó con la mirada abstraída en su labor—. Toma Mielikki, es un regalo de mi parte.

Sin que la finlandesa oponga resistencia, el dios la tomó de la mano y colocó en ella una hermosa mazorca de oro.

—Espera, Viracocha. ¿Qué se supone que haré yo con este maíz dorado? —cuestionó confundida, inspeccionado el obsequio.

—No veré manchadas de sangre estás tierras. Iré al Santuario de Atenea para evitar que suban hasta aquí…

La diosa de cabellos dorados ni siquiera tuvo tiempo de protestar. Cuando levantó la cabeza con indignación, su compañero ya se había marchado.

—«Y tú mismo me dijiste que no seamos descuidados al luchar contra Atenea y sus Caballeros —reflexionó la solitaria escandinava, dando un profundo suspiro de frustración—. «Haces las cosas de la misma forma impulsiva con la que actuaría un humano».

==Santuario de Atenea. Monumento a Atenea==

—El Octavo Sentido... Empiezo a entender —explicó Shiryû de Libra—. Nosotros, como mortales que somos, no podremos ascender con vida hasta ese santuario divino. Nuestro primer objetivo será lograr que nuestras almas trasciendan de la muerte, sobrepasando los límites de los demás sentidos. Estoy seguro de que el recinto de los dioses también es considerado como ‘Otro Mundo’ al igual que el reino de Hades. ¡Si obtenemos el Arayashiki llegaremos con vida, amigos!

Seiya, Shun, Hyôga, Shiryû, Ikki y Saori poseían la capacidad de alcanzar su Octavo Sentido, pero sus demás compañeros no la desarrollaban todavía. No había hecho falta hasta ese momento. La preocupación y las dudas invadieron sus corazones.

—Pues... lo intentaremos por Atenea —intervino Kiki de Aries con el objetivo de subir el ánimo de sus colegas—. Y si morimos antes de poner un pie en ese santuario, eso significará que no fuimos lo suficientemente fuertes como para vestir estas armaduras doradas y proteger la Tierra.

Poco a poco el valor se infundía en sus camaradas Dorados.

—No me quedaré aquí con los brazos cruzados, esperando a que ustedes se luzcan. Soy una Guerrera Dorada y haré valer mi título —añadió pretenciosa Helena de Piscis, pasando la mano por su hermoso cabello color aguamarina, en un alarde de confianza—. Esta lucha constituye solo un paso más para convertirme en la mujer más poderosa y superarlos a todos ustedes.

—Bueno, si no hay más opción, creo que también intentaré obtener el Octavo Sentido para llegar hasta allá arriba —secundó apático Aldebarán de Tauro.

—Como puede ver, señorita Saori, ya todos estamos listos para ascender —afirmó solemne Sombra Mortal de Cáncer—. Eleison también fue informado de la situación y dijo que irá por su cuenta cuando se reúna con su hermana Kyrie.

—Conozco bien a mis guerreros y estoy segura que se las arreglarán para reunirse con nosotros. Ahora nos toca hacer nuestra parte.

El cálido cosmos de Saori resplandeció cubriéndola por completo. Su Kamui, su cetro y su escudo parecían brillar con mayor intensidad mientras su energía divina se expandía. Los nueve Dorados que estaban con ella se aglomeraron a su alrededor listos para ser transportados.

Repentinamente, algo detuvo la concentración de la diosa, quien apagó por completo su energía cósmica. 

—¡Esperen! ¡No se pueden ir sin nosotros! —gritó Kenji de Pegaso, llegando en último momento al lugar de la reunión junto con sus cuatro compañeros de bronce.

El joven rubio y sus amigos, habían hecho una maratónica carrera a través de las desiertas Doce Casas para llegar a tiempo con quienes pensaban dejarlos fuera de la batalla.

—Por favor entiéndanlo, no podrán venir con nosotros. Aún les falta mucho para conseguir el Octavo Sentido —quiso convencerlos el Santo de Aries—. Incluso para nosotros que somos Caballeros Dorados, será una hazaña difícil de conseguir.

—¡No me interesa lo que nos digan! ¡Ni aunque sea la misma Atenea la que nos prohíba ir a la batalla! —lo desafió Evan, gritándole con el corazón en la garganta. Sus ojos rojos se encendieron de furia—. ¡Esta lucha también es nuestra, así que pelearemos por la humanidad y por nuestros compañeros muertos en batalla!

Las palabras del Fénix hicieron que los Caballeros de Oro se sientan culpables por querer abandonar a sus compañeros de menor rango.

Sin que nadie lo notara, Ikki mostró una sonrisa de orgullo por la valentía demostrada por su sucesor de bronce.

—«Evan de Fénix... No dejas de sorprenderme, novato —reflexionó satisfecho Leo—. Me recuerdas a cómo éramos nosotros de más jóvenes».

—¡Maestro! ¡Planeaba irse y abandonarnos aquí! ¡No dejaré que enfrenten solos este combate! —reclamó Anna a su mentor, quien no atinó a responderle y simplemente desvió triste la mirada.

La joven castaña estaba a punto de estallar en llanto. Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas y siendo que la muchacha ya no usaba máscara, para todos fue obvio su descontento.

—¡Seré valiente y lucharé contra Morrigan! —agregó con gran convicción—. ¡Seré valiente y no lloraré!

A pesar de lo dicho, no pudo contenerse más y se vio incapaz de controlar el flujo de sus lágrimas. Shun se le acercó y delicadamente colocó la mano en su mejilla.

La joven Amazona abrió los ojos sorprendida por el contacto con la mano de su maestro. La sensación de calidez emanada por el Caballero de Virgo, logró devolverle la paz al corazón al percibir tal gesto de ternura.

—Estoy orgulloso de ti, Anna —le susurró, sonriéndole amablemente.

—También somos... sus compañeros y amigos... —intervino también Natassia con una suave y apenas audible voz—. Y mi maestro Hyôga me enseñó a siempre luchar hasta el final.

El Acuariano no pudo ocultar la sorpresa en su rostro. Escuchar esas palabras de su discípula lo enorgulleció sobremanera.

—«Natassia, poco a poco vas derritiendo el hielo que cubre tu corazón —pensó el Caballero de Acuario, con los ojos resplandeciendo de emoción—. Jamás me habría imaginado que fueras capaz de decir una frase como esa».

—Ella tiene razón, papá. No nos quedaremos aquí esperando a que se sacrifiquen por nuestro bienestar —secundó Senshi de Dragón, mirando con determinación a su padre y mentor—. Lucharé también para proteger los Cinco Picos de Rozán, para que mi madre tenga un lugar seguro donde vivir —concluyó el joven de cabellera negra, casi llorando.

—«Nuestro hijo tiene tu mismo espíritu y bondad, mi amada Shunrei» —meditó Libra, abrazando a su primogénito, conmovido por sus palabras.

—Saori, está decidido. Lucharemos a tu lado y te protegeremos con nuestras vidas. ¡Porque somos Caballeros de Atenea! —concluyó Kenji, haciendo puño para darle más énfasis a sus palabras.

—Vaya, se ve que este chico es más ‘cabeza dura’ de lo que era yo a su edad. Nuestra maestra estaría orgullosa si viera a sus dos alumnos peleando hombro con hombro, ¿no crees, Saori? —intervino Seiya en tono alegre.

El nuevo Pegaso reaccionó sonrojándose por las palabras de su antecesor y alegre rascó su cabeza mostrando una amplia sonrisa.

La diosa no dijo nada por varios segundos. Su expresión seria le hizo entender a Sagitario que ni siquiera escuchó lo que le acabó de comentar.

—Mis Santos de Bronce... Lo siento.

Ante la incredulidad de todos, Atenea extendió el cetro de Niké para aprisionar a los cinco jóvenes en sendas esferas de energía luminosa.

Continuará…

kaze-no-seinto (discusión) 17:26 30 jun 2013 (UTC)

CAPÍTULO 10: ¡LA DEFENSA DEL SANTUARIO! EL PODER SAGRADO DEL DIOS INCAEditar

==Santuario de Atenea. Entrada a la Casa de Aries==

—«No me agrada nada este lugar. Todo se ve tan desértico y desprovisto de vida» —meditó el supremo andino, inspeccionando los alrededores del recinto sagrado—. «No sé cómo Atenea puede soportar vivir aquí todos los días». 

Algo a lo lejos llamó su atención.

—¡Están a punto de ascender! ¡Puedo ver y sentir el enorme cosmos de Atenea en la base de esa estatua decapitada! —declaró alarmado—. Tendré que teletransportarme a ese lugar inmediatamente.

—Eso será imposible, extraño —intervino una voz masculina, haciendo eco en el vacío oscuro del Primer Templo del zodiaco—. Incluso los Caballeros que dominan la telequinesia no pueden lograr tal hazaña. La única forma de llegar con Atenea es atravesando las Doce Casas a pie —explicó el desconocido.

El dios corroboró esas palabras cuando quiso usar su poder sagrado para llegar a su objetivo, mas la protección divina del cosmos de Atenea que protegía el Santuario, le impidió lograrlo.

—¡Entonces correré hasta alcanzarlos! No tengo tiempo para conversar contigo, seas quien seas —reaccionó con premura el hombretón de larga cabellera verde—. ¡Debo impedir el ascenso de Atenea y sus Caballeros!

Desde el interior de la Casa de Aries, arremetió veloz contra la deidad una pesada esfera metálica poblada de púas, la cual estaba atada a una gruesa cadena. Viracocha extendió el brazo y detuvo el objeto sin problemas con su enorme mano desnuda.

—No me vas a detener con un ataque tan débil —declaró, dejando caer la maza puntiaguda pesadamente al piso—. Te hará falta mucho más que esto para detener a Viracocha, el supremo dios inca.

—Conque un dios… Pues veremos si te puedes enfrentar a seis de nosotros —amenazó burlona otra voz desde el interior del Primer Templo.

Seis guerreros dejaron la oscuridad de Aries para mostrarse ante la deidad precolombina. Sus armaduras platinadas resplandecían majestuosamente, siendo bañadas por los residuos de luz que emanaba la Maravilla Suprema. Aunque les costara la vida, ninguno de ellos retrocedería un solo paso.

—Así que Morrigan dejó vivos a más Caballeros de Atenea… —se dijo a sí mismo Viracocha, contemplando cautelosamente a sus rivales. ¡Los Santos de Plata Jabú de Perseo, Ban de Centauro, Nachi de Cerbero, Ichi de Cuervo, Geki de Hércules y June de Lira!

==Santuario de Atenea. Monumento a Atenea==

Aquel joven de bronce estaba mareado y confundido. Agitaba las manos desesperadamente, intentando palpar el extraño lugar en el que se encontraba, ya que había sido cegado temporalmente por la luz que resplandeció del cetro de su diosa.

—¡Saori! ¡No nos dejes aquí, por favor! —fueron las desesperadas palabras que pudo exclamar Kenji, al verse aprisionado en esa férrea burbuja de energía divina.

Apenas recuperó la visión, pudo ver con frustración como Atenea y los nueve Caballeros Dorados ascendían lentamente gracias al cosmos de la diosa protectora de la Tierra. Al joven Pegaso le pareció que Saori miró por un fugaz instante sus tristes ojos castaños mientras se alejaba.

—¡Maldición! ¡No nos podemos quedar aquí encerrados mientras ellos pelean! ¡Amigos, despierten! —les gritó a sus compañeros de bronce, quienes permanecían inconscientes en sus prisiones de energía.

Poco a poco Senshi, Evan, Natassia y Anna recobraron el conocimiento y también se desesperaron al verse encerrados por Atenea. Ninguno se rindió y con gran decisión se encomendaron en la tarea de golpear la barrera de luz que los aprisionaba. Por desgracia, no le hicieron el más mínimo daño a las esferas de cosmos. No les sería nada fácil romper la coraza erigida por una diosa.

—¡Demonios! ¡Atenea no nos puede hacer esto! —rugió rabioso Evan, lanzando un puñetazo llameante que por poco quema su propio cabello plateado.

—El Octavo… Sentido… —musitó la joven de Cisne en tono suave—. El Caballero de Aries dijo algo sobre el Arayashiki…

—¡Eso es! ¡Para salir de estas prisiones de energía, solo tenemos que despertar nuestro Octavo Sentido! —declaró emocionada Anna de Andrómeda, al ver un ligero atisbo esperanza para seguir a su maestro.

—¿“Solo”? ¡No te imaginas el gran esfuerzo que representó para mi padre y sus compañeros despertar el Arayashiki! —le hizo notar exasperado Senshi de Dragón—. Adicional a eso, ninguno de nosotros posee siquiera la fuerza del Séptimo Sentido —concluyó decepcionado.

==Sobre el Santuario de Atenea. Ascenso a la Maravilla Suprema==

A todos les dio pesar tener que dejar en el Santuario a sus compañeros de bronce, pero aún así respetaban la decisión de Atenea. Si ella los dejaba allí, debía tener alguna razón válida para hacerlo.

Mientras se encontraban ascendiendo a unos cien metros de altura, todos pudieron sentir con sobresalto la presencia de un invasor en la entrada de los Doce Templos.

—Es un poder inmenso el que ha arribado al Santuario… —musitó Saori con preocupación—. Sin duda aquel cosmos es tan poderoso como el de Morrigan. La deidad celta no está sola en su intento por destruir a la humanidad.

Al ver a su diosa sumamente alterada, Kiki tomó una drástica decisión.

—Con su permiso, señorita Saori, pero como protector del primer Templo del Zodiaco, mi deber es impedir la invasión de las Doce Casas —le comunicó el Ariano en actitud solemne—. Además, no permitiremos que detengan su ascenso al santuario divino en el cielo —añadió el castaño con una jovial sonrisa, la cual logró tranquilizar a Atenea.

—Confío en ustedes, mis queridos Santos —lo animó amable la diosa—. Dejo en sus manos el Santuario.

Aldebarán, quien llevaba en sus espaldas la armadura dorada de Tauro durante el ascenso, estaba distraído intentando sentir la naturaleza del cosmos invasor. Tan abstraído estaba el joven de cabello blanco en su tarea, que para sorpresa suya y sin que tenga tiempo de protestar, apenas notó que Kiki lo tomó por el cuello de su ropa y regresó junto con él a tierra.

==Santuario de Atenea. Entrada a la Casa de Aries==

—¡‘Cabeza de Demonio de Gorgona’!  —exclamó Jabú de Perseo, evocando el nombre de su técnica de plata.

Viracocha tuvo la ilusión de ver el terreno llenarse de incontables serpientes. Aquel espejismo consiguió distraerlo, así que no pudo evitar la poderosa patada que le propinó el antaño Unicornio. El impacto fue tan fuerte, que logró propulsarlo hacia el lado opuesto de la Primera Casa.

Geki detuvo su trayectoria abrazando a la víctima por la espalda, y tras cargar una inmensa cantidad de energía en sus brazos, ejecutó su ken secreto.

—¡‘Kornephoros’! —rugió el Santo de Hércules, arrojando al dios con violencia hacia las alturas.

Nachi había dado un gran salto con antelación, así que mientras el invasor se encontraba suspendido en los aires, el Santo concentró su energía cósmica en las mazas de plata puntiagudas que colgaban de las cadenas de sus antebrazos.

—¡‘Triple Aullido del Infierno’! —exclamó el Caballero de Cerbero, liberando el poder de aquella técnica inédita en su par de mazas. Los golpes fueron tan fuertes que consiguieron enviar a tierra al dios con la misma potencia con la que lo había lanzado Geki.

—¡‘Remolino de Fuego’! —gritó Ban de Centauro, utilizando su cosmos para crear llamas a partir de la fricción del aire, lanzado así una poderosa espiral ígnea.

—¡‘Ráfaga del Ala Negra’! —bramó Ichi de Cuervo, arremetiendo con una fuerte corriente formada por las pesadas plumas azabache, las cuales pertenecían a sus fieles acompañantes los cuervos.

Ambas técnicas de plata se fusionaron formando una uniforme masa de plumas negras incendiadas, las cuales colisionaron con fuerza prodigiosa sobre el cuerpo de la deidad.

Era impresionante atestiguar el nivel de cosmos de los antiguos Santos de Bronce. Sus años de esfuerzo y entrenamiento les había hecho merecedores de pertenecer a la segunda orden más importante de los Santos de Atenea.

Sin embargo, a pesar del esfuerzo puesto en cada ken, el dios de cabellera verde salió ileso después de todo ese maltrato. Apenas en ese momento, los guerreros notaron que Viracocha se había dejado alcanzar a propósito por todas las técnicas.

El inca se reincorporó como si nada, dispuesto a continuar.

—Ya probaron que son fuertes, así que por respeto a su fuerza y determinación no quisiera hacerles daño, guerreros. Admiro también su valor por enfrentarme, pero si no desisten, me veré obligado a utilizar la fuerza contra ustedes —advirtió calmado el invasor del Santuario.

Ninguno de los seis se amedrentó e insistieron en bloquearle el paso con actitud desafiante.

—¡No te dejaremos avanzar! —dictaminó enérgica June, empuñando su lira con decisión—. ¡Nuestro deber es proteger este Santuario, a Atenea y a nuestros amigos! ¡No nos importa si nuestro enemigo es un dios!

Al escucharla, cualquiera habría imaginado el valiente rostro tras su máscara.

—Mis años de entrenamiento no fueron en vano. Te mostraré lo que puede hacer la Guerrera Plateada de Lira.

—La Lira —repitió el andino—. Nosotros los incas tenemos una concepción diferente de las constelaciones. La formación estelar que ustedes llaman ‘Lira’, para nosotros constituye la ‘Llama’, un animal autóctono de nuestras tierras.

June no le puso atención a la explicación del dios. Estaba demasiado concentrada en la tarea de elevar su energía cósmica. A todos los presentes, incluida la deidad, les sorprendió el nivel de cosmos que pudo desatar la antaño Amazona de Bronce de Camaleón. No era coincidencia que vistiera la armadura plateada del Caballero del cual se decía era tan fuerte como un Santo de Oro: El legendario Orfeo.

—¡‘Nocturno de Cuerdas’!

El ambiente se llenó de flores y resplandores, mientras la hermosa y mortal melodía era entonada por la Guerrera de Plata en su instrumento. El dios quedó fascinado al presenciar esa sublime combinación, la cual complacía sus sentidos de la vista y el oído. La música y las flores danzando en el viento, le parecieron un espectáculo sublime.

No obstante, a pesar de que incontables rayos chocaban contra el cuerpo desprotegido del dios, la técnica no había tenido el efecto destructivo que la Amazona esperaba.

—Es una bella canción, sin duda. Me quedaría horas escuchándola, pero ahora no tengo tiempo suficiente —comentó sonriendo amablemente el inca.

Los seis estaban anonadados. Ni las cinco técnicas combinadas, ni el poderoso ken musical de June, pudieron siquiera lastimar ligeramente el cuerpo desprotegido de su oponente.

—Al parecer no me queda más opción que utilizar mi mejor técnica de plata —declaró Jabú dando un paso al frente, al tiempo que acomodaba en su brazo su arma principal—. ¡‘Ataque Petrificante del Escudo de Medusa’!

El grito de la evocación de la técnica de plata fue seguido por el lento abrir de los ojos de la efigie del mencionado monstruo mitológico esculpido en el escudo. Viracocha observó con inocente curiosidad la intensa luz emanada por la técnica de Jabú, convirtiéndose en piedra en el acto.

—¡Excelente, Jabú! ¡Lo conseguiste! —lo felicitó su camarada Ban.

Todos sus compañeros se aglomeraron alrededor del nuevo Perseo, alegres por la aparente victoria.

—Aún es muy pronto para que celebren, Caballeros de Atenea —retumbó una grave voz desde lo profundo de la estatua de piedra en la que se había convertido el hombretón—. Me disculpan, pero no puedo perder más tiempo con ustedes…

Era la primera vez que los nuevos Santos de Plata sentían un cosmos tan inmenso y poderoso. El cuerpo de piedra resplandeció en una ligera aura marrón.

—¡‘CATACLISMO ANCESTRAL’! —bramó Viracocha, haciendo estallar su cuerpo petrificado en una horrenda explosión de la misma tonalidad que la de su aura. Cientos de metros a la redonda quedaron arrasados. El Santuario entero se estremeció con un violento temblor y el Templo de Aries fue reducido a escombros en menos de un segundo.

En medio del lugar de la hecatombe, el único que permanecía en pie era el dios inca, luciendo majestuoso su envidiable y fornido cuerpo. A sus pies yacían inmóviles los seis guerreros humanos que se atrevieron a desafiarlo. Sus armaduras de plata destrozadas eran el fiel reflejo del estado lamentable en el que se encontraban sus portadores.

—«Atenea… Shun… Es demasiado fuerte… No pudimos detenerlo» —reflexionó apesadumbrada June, antes de desvanecerse en el abismo de la inconsciencia.

Un par de lágrimas escaparon de sus ojos vistos a través de su máscara rota.

==Santuario de Atenea. Escaleras entre las Casas de Libra y Virgo==

—La próxima vez, avísame cuando quieras hacerte el héroe frente a Atenea —reclamó molesto el Dorado de Tauro a su colega, quien corría junto a él con toda la potencia que le permitían sus piernas.

—Vamos, amigo. En otro momento me regañarás por haberte hecho venir conmigo —replicó el joven lemuriano con la vista fija en el siguiente templo que debían atravesar—. No podía enfrentarme solo con quien nos está invadiendo.

—Tú también lo sentiste, ¿cierto, Kiki? —preguntó Aldebarán a su amigo, internándose ambos en la oscuridad de la Casa de Virgo.

—Ciertamente. El cosmos de nuestros compañeros de plata se ha…

El Caballero de Aries no pudo terminar su comentario. Un fuerte golpe en el rostro lo mandó a volar contra la puerta del Jardín de los Sales Gemelos, destrozándola al contacto.

—¡Kiki!

—¡No te preocupes por mí, Aldebarán! ¡Sigue adelante! ¡Te alcanzaré después! —respondió el agredido, reincorporándose entre los escombros del portón.

Con un poco de duda, su camarada dorado aceptó en silencio lo sugerido y continuó su camino con decisión.

—«No me dejes allí solo con ese dios, amigo —dijo mentalmente Tauro, alejándose con prisa—. Te espero en la Casa de Aries».

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Mû de Aries, fanart de tumblr

Kiki permanecía inmóvil buscando con cautela cualquier rastro de la presencia de su atacante. El inquietante silencio y la calma absoluta desesperaban al guerrero de Atenea.

—¡Sal de una vez y enfréntame como un hombre! —provocó sin recibir respuesta—. ¡Sé que estás aquí, cobarde!

Sin previo aviso, una esfera de luz dorada emergió entre la oscuridad y dio de lleno contra el cuerpo del muviano castaño. El impacto fue tal, que consiguió desintegrar su capa y arrancarle el casco dorado de Aries.

—Todavía te falta mucho por aprender antes de vestir esa armadura dorada —dijo con calma una voz familiar surgida tras el ataque—. Me decepcionas, Kiki…

Los residuos resplandecientes de la técnica enemiga todavía refulgían en los recovecos de la Sexta Casa. Las chispas de energía luminosa revelaron la tenue imagen del enemigo.

El invasor era el mismísimo Mû de Aries.

Continuará…

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